por Diego A. Manrique

Gatas sueltas

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Han pasado 30 años de la publicación de Sign o’ the times, el deslumbrante álbum doble de Prince. Este programa pretendía celebrar esa onomástica pero, ah, por medio se cruzó la gata. Es decir, Cat, la bailarina Cat Glover. La única persona que en aquellos tiempos le quitaba plano a Prince en los directos, con su energía Duracell y su fresca sensualidad. Vean los vídeos de la época: caramelos para los ojos.

Así que el programa evolucionó hacia las gatas musicales. Las cantantes gatunas de todas las épocas. Voces felinas que podían sonar seductoras, frustradas, insolentes, hasta amenazantes. En realidad, lo hemos tomado como una excusa para recuperar rarezas: Cassandra  Wilson escenificando una canción de cama ¡de Bob Dylan! o reinonas del show business, como Eartha Kitt o Lena Horne, enfrentándose al repertorio de Donovan o Paul McCartney.

Gatas de altos vuelos: Aretha Franklin antes del cambio de sonido en Atlantic Records; la francesa Clémentine poniendo letra al Naima de John Coltrane; la carnal Peggy Lee. Gatas sueltas, que esconden sus garras hasta el momento oportuno.

Los antiguos egipcios lo hubieran entendido: algunos de sus dioses tenían rasgos gatunos. Ese punto pagano les crearía una mala reputación entre las religiones monoteístas.  Por no hablar de los cristianos medievales, seres supersticiosos  que creían ver al diablo en las gatas revoltosas. Pero aquí amamos a los gatos, por su independencia y su orgulloso carácter de animales que conviven con los humanos sin estar plenamente domesticados. 

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