Juan Habichuela: el arte de acompañar

Juan Habichuela, el arte de acompañar

Por José Manuel Gómez Gufi. Publicado el 4 de julio de 2016
Juan Habichuela (Granada, 1933 – Madrid, 30 de junio de 2016).

 

Juan Habichuela hizo historia acompañando a Juanito Valderrama, Manolo Caracol, Fosforito, Antonio Mairena, Fernanda, Camarón, Chano Lobato, Rancapino, Carmen Linares, Pansequito y, por su puesto, Enrique Morente.

Cuando sus hijos Antonio y Juan Carmona “Camborio” se convirtieron en estrellas entre los jóvenes flamencos con el grupo Ketama y llenaban auditorios de más de 10.000 personas, Juan Habichuela pensaba que aquello podía ser una puerta para abrir el flamenco a un público que jamás se había acercado a ese arte.

Por su parte los miembros de Ketama proclamaban el orgullo de su pertenencia a varias familias (los Habichuela, los Sordera en el caso de José Soto) que formaban parte de la historia del flamenco. Y eso lo entendieron muy rápido en el resto del mundo. Por un lado las televisiones de mayor prestigio encontraron una historia que contar, la evolución del flamenco pasando de padres a hijos… y también lo entendieron músicos africanos como Toumani Diabaté acostumbrados a recibir de sus ancestros tradiciones que merecían ser conservadas.

Las televisiones europeas aprovechaban la oportunidad para notificar los cambios sociales y estéticos en el flamenco. Las revistas de tendencias en Nueva York y Londres contaban la evolución y hasta los medios españoles se dieron cuenta que ahí había historias que merecía la pena ser contadas.

Juan Habichuela había hecho un single en los años sesenta en solitario, no era un virtuoso, era un tocaor que había comenzado a hacerse el oficio bailando al lado de su padre. Estaba en un tablao de Barcelona haciéndose un hueco cuando vio a un bailaor insuperable, el Farruco y colgó los tacones para dedicarse a la guitarra como su abuelo, Habichuela el Viejo, el hombre que había comenzado la saga.

Siempre en un discreto segundo plano como contaba Félix Grande en los textos que acompañaban su primer disco De la zambra al Duende como reza así:

Cuando se acaba un cante y los artistas se ponen de pie para agradecer la ovación, Juan se aleja dos o tres pasos, como ofreciendo todos los aplausos al cantaor, como si en ese instante quisiera hacerse invisible para no cargar con el peso de su propia grandeza.