I.R.A.

El punk sacudió las comunas de Medellín en los años 80. Esta música subterránea fue una válvula de escape para los jóvenes que huían de la violencia. Con instrumentos hechizos, fanzines y recopilatorios editados con las uñas fueron creando una escena cuyo sonido crudo y agresivo y su mensaje antisistema les distinguieron del resto de punks en Latinoamérica. El punk medallo sigue vivo a través de podcast, libros y documentales que recuperan esta historia pocas veces contada pero que marcó a una generación. Hoy es parte de la memoria histórica de un país.

Algunos de los que vivieron esta explosión se perdieron por el camino, otros muchos dejaron la música y regresaron al anonimato como un meteorito que desaparece al impactar pero que transforma para siempre el orden de las cosas. Los que sobreviven recuerdan aquella época con nostalgia y se sienten como “los últimos mohicanos”.

A mediados de los años 80 Medellín estaba convulsionada. Algunos jóvenes empezaron a reunirse para escuchar música, tomar licor, armar su pogo y pasarla bien. No era más que una huida de la realidad asfixiante que nos rodeaba, recuerda Rafa González, quien vivió todo aquello en primera persona como miembro del grupo Diskordia y colega de bandas como Sociedad Violenta, cuyo EP compartido con Rasix de 1989 es hoy un objeto de culto.

El punk salvó la vida de muchos, incluida la mía, asegura. Los ritmos frenéticos y atronadores, junto al espíritu DIY que permitía a cualquier joven formar su propia banda con una guitarra de madera y otros instrumentos hechos por ellos mismos, atrajeron a decenas de chicos que habían quedado atrapados por la violencia sin tregua en la guerra entre el narcotráfico, los grupos criminales y el Estado colombiano.

Entre la primera oleada del punk medallo, cuya semilla la planta Complot en 1978 con sus versiones rudimentarias de clásicos del punk británico y se alarga hasta finales de los años 80, y la segunda oleada en la primera mitad de los años 90, Medellín se convirtió en una olla a presión.

Se ha contado muchas veces la historia de Pablo Escobar, pero muy pocos se han preocupado por los jóvenes que quedaron atrapados entre el sándwich de las balaceras en las comunas. Aquellos que no querían caer en el dinero fácil de las drogas pero tampoco se sentían cómodos con el establecimiento se apuntaron al punk y al metal, recuerda Rafa González.

Este periodista y melómano grabó hace unos meses el podcast Narrativas del Rock, donde recuerda el origen del movimiento en Manrique, un barrio muy representativo de la cultura popular de la ciudad, con una fuerte tradición tanguera y donde el punk enganchó a la juventud rebelde. Apenas ahora empiezan a haber documentos de aquella época. Es importante recordar la esencia de lo que se vivió y dar voz a sus protagonistas antes que desaparezcan, explica. 

El punk no ha muerto

En estos últimos años se ha producido un renacimiento del punk medallo. En 2019 salió publicado Mala Hierba: el surgimiento del punk en el barrio Castilla, de Carlos Alberto David Bravo alias Caliche, un personaje imprescindible como agitador de la escena y miembro de Desadaptadoz. El libro traza una cartografía de la zona noroccidental de Medellín, reviviendo las andanzas de los punks en Castilla, el epicentro del circuito.

Es punk contado por punks, no desde esa academia que nos mira con condescendencia. Hay que huir de la infantilización del movimiento, no se trata sólo de jóvenes destruidos que buscan refugio en la música; aquí hay un relato honesto de la realidad social, explica Marco Sosa, quien apostó por el libro con La Valija de Fuego, una editorial de referencia dentro del circuito cuya librería en Bogotá es centro de peregrinaje.

La escritura de Caliche en el libro es pura poesía revolucionaria. Fuimos una generación que bajó al infierno para cantar con el diablo y los condenados, porque no podíamos subir al cielo y cantar con los dioses. El hechizo de la música abría puertas en la noche, conjurábamos melodías desde debajo de nuestros vientres, abrimos nuestras gargantas y lo dejamos salir, necesitábamos expresarnos.  

Su historia habla de marginalidad y provocación, ofrece una panorámica radical de su ciudad, a la que apodan “Mierdallo” para describir toda esa frustración que les azota en el contexto de una sociedad muy conservadora. Recuerda anécdotas en festivales como Altavoz o Rock Comuna 6 y grupos seminales como Pestes, P-NE (Paranoicos Neuróticos Esquizofrénicos) y Fértil Miseria junto a bandas callejeras precursoras como los Porks. Una de esas formaciones míticas, I.R.A. (Infección Respiratoria Aguda), acaba de lanzar un documental que registra su paso a principios de los años 2000 por el CBGB neoyorquino donde actuaron Ramones y Buzzcocks, entre otros.

También vale la pena el cuaderno A Paso Punk: recuperando la memoria subterránea del barrio Castilla, editado por la Alcaldía de Medellín el año pasado, donde el mismo Caliche propone recorridos guiados por las calles que patearon con sus botas militares los punkeros primigenios, muchas de las cuales hoy siguen siendo zonas rojas azotadas por la desigualdad y la violencia. Para la generación de Caliche estas caminatas en grupo (los grupos juveniles en Colombia se conocían como “galladas”), eran un desafío a las reglas del sistema y estaban vinculadas con posturas filosóficas rompedoras como el situacionismo.

Caminar en gallada era un acto de compañía, una aventura en la ciudad en busca del punk, una forma de saludar al mundo, olisquearlo y gruñirlo, dice en estas páginas. Las esquinas las disfrutábamos como espacios de encuentro para escuchar música, conversar, beber y forjar conexiones; era un lugar de cruce de calles y por tanto ofrecían un mayor ángulo de observación.

Los punks eran perseguidos por los sicarios del narcotráfico (el llamado «mundo traqueto»), señalados por el paramilitarismo, maltratados por la guerrilla, estigmatizados por la policía y condenados por la sociedad. En ese contexto, caminar por las calles era un ejercicio de protesta, una forma de tomar el espacio público como acto político cuando nadie se atrevía a salir. El derecho a la ciudad en ese momento para los punks era una lucha cuesta arriba, dice Caliche.

Marco Sosa confirma que el peligro era parte de su vida cotidiana. El punk planteaba una amenaza a los buenos valores. La sociedad nos odiaba, nos despreciaba como a ratas. Éramos de las pocas alimañas que habitábamos la calle junto a las prostitutas, los delincuentes y los vagabundos. Paradójicamente, el punk salvó nuestras vidas y gracias a él somos lo que somos.

A principios de los años 90 este bogotano, dueño de La Valija de Fuego, empezó a cartearse con punkeros de Medellín y a visitar la ciudad en viajes que tenían mucho de odisea, haciendo dedo desde la capital para subir en los camiones de mercancías y así conocer el punto caliente de la escena en Colombia. Había que estar ahí, era el referente; en Bogotá no había un movimiento tan fuerte. Íbamos cargados con casetes vírgenes para conseguir música nueva.

Rodrigo D: ¿pornomiseria u objeto de culto?

El cineasta Víctor Gaviria quiso acercarse a la realidad que se vivía en las comunas de Medellín con su película Rodrigo D: No Futuro (1990), grabada con actores naturales como el protagonista Rodrigo Meneses de la banda Mutantex (quien seguiría la carrera actoral). Este título todavía hoy levanta ampollas entre los punks colombianos.

Un cineasta con vista de carroñero comprende que era el momento, que además de cocaína se podía exportar pornomiseria del tercer mundo, dice Giovanni Oquendo en ‘Manifiesto Punk Tercermundista y Otras Blasfemias’ (La Valija de Fuego, 2016), un testimonio cargado de poesía nihilista y una extrema sensibilidad que supuraba odio, con valiosas imágenes de la escena entre finales de los años 80 y los primeros años 90.

Giovanni Oquendo es otro nombre esencial para comprender las particularidades del punk medallo y la valía de su legado para la contracultura. Miembro de Desadaptadoz junto a su amigo Caliche, autor de teatro y poeta maldito, trata en este libro de redescubrir el punk en su forma más visceral y humana, explican desde la editorial.

Con la perspectiva del paso del tiempo Rodrigo D es, como película, un documento valioso que va más allá del punk y retrata a la juventud de Medellín que se las rebuscaba en las comunas, y como banda sonora deja un legado importante. El acetato, grabado con una calidad impensable para un disco de punk de la época y que hoy alcanza precios disparatados entre los coleccionistas, reúne a cuatro bandas punk (Pestes, Mutantex, P- NE y Dexkoncierto) junto a las metaleras Amén, Ekrion, Agressor, Profanación, Blasfemia y Mierda. El álbum se grabó en los estudios Bluss de Medellín en 1988 con asesoría musical del guitarrista Carlos Mario Pérez, La Bruja.

El error de la película fue vincular a los punkeros con el sicariato y la delincuencia, algo que no era fiel a la realidad. Suponía una sentencia de muerte para ellos, muchos fueron perseguidos, comenta Rafa González.

Usted nos vendió a nosotros, me dijeron los punk tras el rodaje. Me prometieron que nunca me iban a volver a hablar, y así han hecho. Pero yo no gané un puto peso con la película, me respondió el director Víctor Gaviria hace un par de años en Bogotá cuando le pregunté por esta polémica.

Pornomiseria es manipular y utilizar, pero con mi cine busco lo contrario: comprender y ofrecer un diálogo hacia esas realidades de Colombia que nadie quiere mostrar. Yo me siento con todo el derecho de tratar de entender a mi ciudad. En la película al protagonista sólo le importa la música, es una víctima de la sociedad. Lo que les molestó muchísimo, más allá de su vinculación con los pisto-locos, era que pusiéramos en un mismo escenario al punk y al metal, dice el cineasta.

Gaviria muestra una perspectiva autodestructiva de una juventud que se sabe sin futuro. Pero eso no fue así en todos los casos. Hubo (y hay) punks en Medellín que crearon un tejido social en los barrios. Muchos de ellos se asomaron al rock radical que triunfaba esos mismos años en el País Vasco y trazó una conexión con esa escena tan lejana, pero a la vez tan próxima por la realidad social violenta y opresiva que compartían. En bandas como Eskorbuto, La Polla Records, Kortatu, Cicatriz y RIP encontraron un espejo donde mirarse.

Apenas se ha hablado de esta influencia pero fue crucial. Los muchachos de los sectores populares se identificaron con esas letras en español que iban contra la iglesia, el sistema, el ejército y el Estado. Nos carteábamos con discográficas alternativas vascas como Oihuka. Quizá no había tanto una cercanía política, pero sí unas violencias compartidas, no sólo física sino psicológica: la de no poder ser libre cuando eres joven. En sus canciones encontramos una forma de hablar sin ataduras; aquello caló muy fuerte, recuerda Rafa González.

Marco Sosa cree que ser punk no tiene por qué implicar una postura política, pero sí una visión de la sociedad y una estética y forma de entender la cultura compartidas. Para nosotros el punk es una ruptura con todo, negarse al trabajo y a la familia, ir contra la patria y los valores establecidos. Esto puede sonar romántico pero creo que fuimos los últimos punkeros. Nos dio cosas buenas y malas. Vimos gente morir por las drogas o en peleas callejeras, sufrimos la cárcel y la violencia del Estado, la discriminación social… Todo eso fue formando nuestro talante. De esa generación quedamos muy pocos.

Ese fogonazo que supuso el punk medallo hoy puede rastrearse en recopilatorios com,o La Ciudad Podrida, quizá el más mítico de todos con bandas como Diskordia, BSN y Crimen Impune; los tres volúmenes de Punk Medallo; el compilatorio en casete Estamos en la Sima, o el de Medellín contra el Vº Centenario, grabado en 1992, hoy casi imposible de conseguir.

La Valija de Fuego está preparando un volumen sobre la explosión de los fanzines punk en Colombia desde finales de los años 80 y otros documentos van registrando esta escena brutal que hoy sigue viva con bandas como Frankie Ha Muerto (con un rollo más gótico), Rosita y Los Nefastos y Los Suziox. Un libro que ofrece una panorámica diferente es El 9: Albeiro Lopera (Alfonso Buitrago y Stephen Ferry; Tragaluz Editores, 2015) donde se cuenta la historia de este reportero gráfico ya fallecido que retrató la Medellín más salvaje desde una mirada marcada por su corazón punk.

Queríamos ser como en Londres: arropé la anarquía, el antisistema, la rebeldía, una forma de vestir distinta y la idea de que estaba todo mal hecho, dice El 9 en el libro.

Un viaje a los sonidos crudos y agresivos de las entrañas del punk Medallo, desde las bandas pioneras de los 80 hasta los nuevos talentos

Playlist

1. Pestes – Dinero
00:00:20
2. Pestes – Nunca Triunfé
00:03:02
3. Pestes – No – No
00:05:10
4. Mutantex – Sin Reacción
00:06:58
5. Mutantex – Ramera de barrio
00:08:58
6. Mutantex – Estúpidas miradas
00:11:12
7. Mutantex – No te desanimes matate
00:12:51
8. P-Ne – No más clases
00:15:07
9. P-Ne – A la destrucción y a la anarquía
00:16:18
10. P-Ne – Esto es una ruina
00:17:53
11. I.R.A. Infexion Respiratioria Aguda – Sucio plan
00:20:00
12. I.R.A. Infexion Respiratioria Aguda – Mi punk Amor
00:22:57
13. Fértil Miseria – Fronteras asesinas
00:24:54
14. Fértil Miseria – Visiones de la muerte
00:26:48
15. Fértil Miseria – Los generales
00:29:36
16. Fértil Miseria – Desplazados
00:30:49
17. Punkies y Cerebro – Puerto Libertad
00:33:37
18. Frankie ha Muerto – Tú también me dueles
00:35:54
19. RoSiTa y Los NeFasTos – Amigo policía
00:40:50
20. Los Suziox – Armas silenciosas
00:43:20

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