Systema Solar

La primera vez que estuve en un concierto de Systema Solar fue en el 2010, al cierre de un Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, en un entorno álgido de alcohol y luces iridiscentes. El espectáculo transportó a los cerca de 150 asistentes a una galaxia psicodélica cargada de alucinaciones visuales, freestyle endemoniado y una combinación indescifrable de los mundos urbanos del rave electrónico y la marginalidad del picó cartagenero. Un concierto difícil de olvidar.

En ese momento -y sólo hasta algunos años después- no comprendí el trasfondo de estas músicas alegres, lúcidas, combativas, enigmáticas.

Han pasado nueve años desde ese concierto, y casi tres lustros desde que la combinación surgió por combustión espontánea, o no, porque los años que llegaron después demostraron que este encuentro tenía que suceder, que no fue casualidad que las inquietudes de Vanessa Gocksch (Pata ‘e perro), Walter Romero (Índigo) y los que fueron llegando se encontraran y explotaran como abriendo un hoyo negro al interior del sistema: del sistema solar, pero también del sistema político, del sistema de la industria musical, del sistema de desigualdad económica y simbólica que vivimos todos los días. Eso y otras cosas es Systema Solar: por un lado la apuesta apasionada por reinventar los sonidos urbanos –urbanos de la capital, pero también de la periferia–, por otro la pulsión esencial que los ha llevado a propiciar y a conectar procesos sociales comunes.

Walter

La historia de Walter empezó en un rincón del trópico vagabundo. Aunque nació en Cartagena, pronto él y su familia regresaron a Turbaco, Bolívar, donde creció y vivió con su familia -padres y dos hermanos menores- hasta los 17 años rodeado por música colombiana, jamaiquina y cubana. A los 14 años, junto a algunos amigos y un primo, conformó el grupo de hip-hop Sound Street. Eran los últimos años de los 80, Colombia se derrumbaba y unos chiquillos del Caribe se aferraban a lo que escuchaban en la radio y a la música que les llegaba casi clandestinamente.   

Luego se mudó a Barranquilla a buscar la radio. Allí, en una ciudad mucho más grande, en medio de la tradición afro-caribeña, la cultura picotera y el hip-hop, empezó a encontrarle un sentido a su quehacer. Entró a estudiar Comunicación Social, se encontró con una ciudad melómana y creó, junto con algunos cómplices, VoKaribe, radio comunitaria que ha sobrevivido desde 1993 hasta estos días. La bautizaron oficialmente Asociación de Radiodifusión Comunitaria. Radio alternativa, radio ciudadana, radio no comercial, radio libre. Y se empezaron a empapar de otros proyectos similares en otros lugares del mundo, como fanzines y radios anarquistas españolas y canadienses que también buscaban darle importancia a los procesos locales, y no solamente querían billete.  

VoKaribe funciona en el barrio La Paz, en el Suroccidente de Barranquilla, donde habitan más de 600.000 personas, muchas de ellas hijas o nietas de la errancia a causa de la violencia política colombiana de mitad del siglo XX. En su programación han experimentado con diferentes tipos de formatos: informativos, temáticos, o de músicas especializadas. Lo prioritario son las músicas locales, de los barrios; luego la música de la región.

La radio ha requerido de una especie de movimiento permanente que la ha hecho resistir. Y esto ha sido gracias al trabajo constante, a las alianzas, a los voluntarios. Legalmente están habilitados para recibir dinero a cambio de pauta, sin embargo están lejos de sostener el proyecto a partir de ella.

Para los medios tradicionales la zona donde opera VoKaribe es sinónimo de problemas, marginalidad y delincuencia. Para Walter la misión de los medios grandes es otra, por eso para un medio alternativo se vuelve necesario concentrarse en lo fundamental: tejer ciudad desde el barrio. Varios años antes de que se gestara Systema Solar para Walter hacer radio ya era una manera de hacer música.

Vanessa

Vanessa nació en Bruselas, pero se crio en Miami, donde desde la adolescencia conoció el mundo del hip-hop. Después de pasar una temporada en México llegó a una Colombia tan hermética y problemática como inspiradora. Acá conoció a un parche del barrio la Candelaria, durante un festival Hip-hop al Parque, y ellos le presentaron a Walter. Así se anunciaba su historia en Colombia, que sigue viva hasta estos días.

Vanessa llegó a Bogotá con la idea de hacer un festival que se llamara Intermundos en donde se pudieran unir comunidades urbanas con comunidades rurales y ancestrales en un solo lugar. Luego quiso guiarse por una filosofía comunitaria-pacífica buscando que Intermundos ayudara a promover esas subculturas que tenían muy poca representación en el exterior. Alguien le dijo que hablara con Walter. Ella conocía poca gente en Colombia, él le dio contactos. Era el año 2000. La complicidad surgió y se dieron cuenta de que no era fácil hacer un evento así, pero le permitieron mutar y más bien pensaron en un centro de documentación. Ayudó mucho que Walter tenía contacto con la radio comunitaria Suba al Aire. Justamente para ese momento en Bogotá estaba empezando el piloto de las Casas de cultura, con la localidad de Suba como pionera. En esa sede encontraron un lugar para darle vida a esa soñada biblioteca comunitaria, abierta para la gente. “Tú podías llegar a ese lugar y encontrarte música de Bob Marley o de Portishead, y libros, y videos”, cuentan. Era como una pequeña biblioteca pero de sub-culturas: hip-hop, punk, reggae, electrónica. Vanessa hacía contactos, traían discos de Estados Unidos y se los regalaban a los DJ’s. “-Uy, bacano, ¿eso es pa’ mí? -Sí, te lo manda el mismo autor”, les decían.

La complicidad entre Walter y Vanessa también se materializó alrededor de la producción de varios documentales sobre hip-hop colombiano. El primero se hizo en el 2000 y se llamó Testimonios Hip Hop Colombiano, que ganó un premio a mejor corto documental en el H2O Film Festival de Nueva York, en el Museo del Bronx. Años después lo actualizaron, y en 2006 ya tenían suficiente material para el segundo que se llamó Frekuensia Kolombiana. Grababan entre varios, con cámaras propias o prestadas, y esos videos los compartían en el barrio. “Éramos como el Youtube de la época”, cuenta Walter. A la postre estas grabaciones colectivas, sumadas a un rodaje, documentaron los rasgos expresivos del hip hop en varias ciudades del país y sus respectivos procesos de resistencia cultural. En estas películas participaron músicos que más adelante explotarían en el mercado musical, como Chocquibtown, así como otros cuantos que se han mantenido en el anonimato.

La banda sonora de Frekuensia Kolombiana conectó a Walter, Vanessa y Juan Carlos Pellegrino -que ya se conocían- con John Primera y Arturo Corpas. Luego llegó Daniel Broderick. Precisamente unos años antes, finales de los años 90, Dani había sido parte de un colectivo llamado Mutaxión que contenía el espíritu de la anarquía transformado en música electrónica cruda, alternativa y experimental. Mutaxión se transformó y dio vida a Bogotrax, donde se encontraron estos artistas en un escenario performático y subversivo. Ese sueño inicial de Vanessa, donde se juntaban la montaña, el mar y el cemento, inesperadamente empezaba a materializarse.

Terminaba la primera década de los 2000 y estos personajes, de procedencias diferentes, se encontraban en una ciudad turbulenta y anquilosada.

Systema Solar pa' que sepa

En 2006, cuando el inicio de la historia ya se anunciaba, el fotógrafo paisa Juan Fernando Ospina invitó a Vanessa, que experimentaba con video, a conformar un proyecto para presentarse en la apertura de la Bienal de Arte de Medellín. Vanessa aceptó, aunque no tenía grupo y parecía un salto al vacío. Ella se encargó de convocar a los demás. En un mes crearon un repertorio de video y músicas heterogéneas que duró una hora. Se presentaron al lado de Sidestepper. Ese día tocaron canciones que se han mantenido en su show en vivo, como BienvenidosMalpalpitando. Los escucharon 4.000 personas.

Después de haber participado en la organización de las primeras dos ediciones de Bogotrax -al lado de Dani Boom-, en 2007 Vanessa produjo en Medellín el evento Pixelazo (la versión colombiana del festival Pixelache de Finlandia), un evento de nuevos medios, VJ’s y experimentación artística en función de la pregunta -enunciada desde tiempo atrás- sobre cómo conectar la tecnología con los barrios.

Con un primer disco homónimo lanzado en 2009, Systema Solar se convertía en un proyecto: algunos ponían ahorros, otros su trabajo, y así transformaron Intermundos, que aún era una casa cultural, en una fundación que les ayudó a darle vida al colectivo. Se retiraron de sus trabajos y se fueron para el Caribe. Vanessa y Juan Carlos se volvieron pareja y se fueron a vivir a Taganga, buscando la utopía de la ruralidad. Corpas y John Pri siempre estaban orbitando. Walter volvió a Barranquilla y Vokaribe se reactivó. Dani Boom seguía conectado. El sistema comenzaba a latir.

Systema Solar fue creciendo y transformándose en una empresa, en el mejor de los sentidos. Necesitaba administración y contabilidad. Registraron a Intermundos como una fundación sin ánimo de lucro, pero no podía cobijar a Systema, que en ese momento ya empezaba a generar dinero. Ahí decidieron separar ambos proyectos.

Ha sido una decisión de la banda el tratar de ser consecuentes. “De pronto no todos los miembros de Systema tienen procesos comunitarios o sociales, pero todos tienen una gran conciencia social y quieren ser consecuentes. Tal vez eso es lo que no ha permitido que nos comercialicemos más. Es muy difícil cuando un grupo empieza a volverse más famoso, entonces hay una especie de protocolo de cómo se deben hacer las cosas. El éxito se mide por las visitas de Instagram, o si te ganaste unos de esos premios que sabemos que están arreglados. No tiene mucho sentido”, cuenta Vanessa. Llegar a acuerdos no ha sido fácil, pero los ha movido la búsqueda de la coherencia y un interés genuino por el producto artístico independientemente de su fama o de su nivel de circulación.

Vanessa salió del grupo recientemente. Desde hace varios años dedica sus días a la cerámica, al proyecto de educación en casa que lleva a cabo con sus hijos y otro par de chicos más de la comunidad, a buscar una existencia digna y coherente con el medio ambiente, consciente de los recursos naturales. En últimas, a procurar un experimento de vida.

Hace unos años Vanessa vivió un momento surreal, una escena salida de García Márquez o Juan Rulfo: los mangos se podrían bajo los árboles mientras la gente tenía hambre. Llevar los mangos y venderlos por unos pocos pesos en la carretera resultaba absurdo, casi ilógico. La paradoja colombiana por excelencia: la bondad de la tierra en contraste con la ineficacia del Estado. Por eso Vanessa se inventó el MangoJam: una manera de no dejar podrir los mangos, de procesarlos en conserva y permitirles a los campesinos guardarlos. Con el tiempo esta idea de soberanía alimentaria empezó a darles dinero, y desde entonces ha adoptado el modelo de economía solidaria.

Hoy en día Vanessa vive en la montaña, a orillas del río, a 40 minutos a pie de Palomino. Sus vecinos son indígenas kogis y arhuacos. Han amoblado los kioskos. Tienen agua corriente que sale de una quebrada. También paneles solares e internet. Viven con otra familia: el chico trabaja para la finca y la chica es la maestra de los niños. Un kiosko es su vivienda, el otro el de la familia que los acompaña. Hay otro en el que funciona la cocina comunitaria, el cuarto kiosko es el hospedaje para residentes, amigos o voluntarios, y el quinto es la escuela de los niños.  

Con Juan Pellegrino construyeron Casa Biyuka, en Taganga, una casa ecológica fabricada por 3 artistas (Rubén Reyes fue maestro de obra, Juan aportó en ingeniería y Vanessa el diseño) que propuso un manejo responsable de la basura y de la energía en general, con recolección de agua de lluvia y baños secos, y pensado como un laboratorio de permacultura. Además de albergar el estudio de grabación de Systema Solar y las oficinas de Intermundos, ha sido también un proyecto vivo de experimentación ecológica.

Luego vino la construcción del Selvatorium -donde viven actualmente-: un laboratorio comunitario en la falda de la Sierra Nevada de Santa Marta, en cuyo programa de residencias son bienvenidos talleristas, artistas, escritores, hackers y activistas del medioambiente. Todo esto desde la clandestinidad de la montaña. Me cuenta: “mi utopía tampoco es tan utópica porque hay cosas difíciles muy cerca de nosotros, en las familias cercanas. La cuenca del río Palomino no es ninguna utopía”.

A principios del 2019 iniciaron un proyecto de educación alternativa, se llama La Escuela de Todos los Lobitos, y desde allí propician cambios sociales a través de métodos no convencionales de enseñanza. En este momento educan a sus dos hijos, a los hijos de la otra familia, tres niños koguis y cuatro arhuacos. Es una escuela comunitaria y experimental en el corazón de la Sierra Nevada.

Pero definitivamente Systema Solar ha sido una quimera en toda su magnitud. Su antecedente inmediato, y tal vez el detonante de la magia, fue Bogotrax, una apuesta contestataria que contribuyó a que muchas subculturas bogotanas tuvieran un nido y un respaldo, justo cuando estaba en el poder un gobierno guerrerista. Los tiempos han cambiado -aunque nos encante repetir nuestra propia historia-, y quedan en el aire los sueños de un grupo de personas que saltaron al vacío, que no se plegaron a las reglas del mercado y que decidieron tomar el camino más difícil en una industria que quiere devorarlo todo.

“Nunca encontramos a unas personas que nos ayudaran con el desarrollo del negocio desde una mentalidad distinta. Todo el mundo piensa en la misma vaina, tiene un mismo camino trazado, buscan patrocinios de multinacionales de entrada. Eso es aburrido. Al tener todo este bagaje comunitario hubiéramos podido proponer muchos proyectos, conseguir dinero de ONG’s, hacer muchas cosas para tener ingresos pero haciendo cosas conscientes muy chéveres…”, me cuenta Vanessa.  En su momento no encontraron a alguien que tuviera la visión de hacer la cosa de otra manera, que no pensara solo en la caja menor.

La música de Systema ha derribado obstáculos y ha dejado huellas. Primero fue con la canción La Rana, cuyo videoclip fue una denuncia sobre la basura en Santa Marta, acompañado de una campaña con una familia de recicladores del barrio El Oasis. Después hicieron Yo Voy Ganao, una oda a la pesca, que se acompañó con un documental de denuncia. Después se hizo la canción de Somos La Tierra, sobre la mina La Colosa en Cajamarca, Tolima. La banda hizo esta canción en contra de la minería allí, se volvió el himno oficial de su campaña y la comunidad logró parar la mina. Después vino Rumbera, un videoclip que incluyó mujeres de todos los colores, las edades y los tamaños, y que se acompañó con una campaña feminista. En febrero de este año lanzaron Pa’ Sembrar, una oda a las semillas libres en Puerto Mesitas, en los Montes de María.

Y así han venido tejiendo desde abajo, sin caer en las trampas del mercado, manteniendo el foco en lo esencial. Porque al final, como me dijo Walter: “lo comunitario no es solo de una zona: es una manera de pensar el mundo. Y de tejerlo”.

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