El cantor de la voz de pueblo
Este es el segundo disco publicado en 1975. Dos discos en un año. Es que se trató de una explosión de musicalidad para la que el público venezolano y mucho menos las disqueras y las emisoras no estaban preparadas. De hecho las casas reproductoras de acetato no podían con la demanda. Se trataba de Gualberto Ibarreto, un joven oriental, del estado Sucre (el estado con más costas marinas en Venezuela).
Comenzó el país entonces a conocer al cantor, nacido en la población de El Pilar el 12 de julio de 1947. Le dieron por nombre Gualberto José, hijo de Pablo Cruz Ibarreto y Miguelina Barrios, con una abuela bandolinista y un abuelo luthier.
La familia se trasladó desde esa costa marina de Sucre a La Mesa de Guanipa, tierra adentro, pero igualmente en el oriente buscando mejores condiciones de vida, esa que el petróleo que brotaba en la zona comenzaba a otorgar. En la población de El Tigre, estado Anzoátegui perfilaría lo que sería su eterna hoja de ruta: el canto con su maravillosa voz de barítono y el apoyo del cuatro, aunque ejecutaba otros instrumentos. Las desigualdades sociales permearon su canto de conciencia. No era un canto de protesta, sino un canto necesario, como el de Enrique Hidalgo, Luis Mariano Rivera, Perucho Aguirre, Jesús Ávila, y en fin…
Marchó a Mérida a estudiar Economía en la Universidad de Los Andes, y allí se hizo ganador en 1973 del Primer Festival Universitario de la Canción Venezolana, de esa casa de estudios. Así comenzó su periplo.
Dos años después ya tenía dos producciones discográficas en su haber y un éxito que catapultó no solo su voz y su estilo sino un repertorio que mostró a un país otro rostro musical venezolano.
Solo con su voz y su Cuatro Gualberto plasmó en esta producción los siguientes temas:
Cuerpo cobarde y Punto e velorio (recopilación de Ibarreto), Presagio y La carta, de Enrique Hidalgo, La negrita jajajaja, El guareque, Lucerito, La viejita Ramona y Canchunchú florido de Luis Mariano Rivera, Malagueña margariteña, del folclore oriental y La Chacalera, de Augusto Ramos.











