Dom Salvador (foto: Agilberto Lima)

Cada día, de lunes a viernes, Dom Salvador toca el piano en un restaurante durante cinco horas. Toca samba. Toca jazz. Toca.

A eso de las cuatro de la tarde, cada día, toma el tren que va desde Port Washington, —al oeste de Long Island— hasta Penn Station, en el centro de Manhattan. Luego llega en metro a Brooklyn y camina quince minutos con dirección a un restaurante de alta cocina, famoso y extravagante, que tiene un Steinway reluciente en el que sólo Dom toca. Y toca solo. Durante cuarenta y dos años y cinco días a la semana —que antes eran seis—, Dom Salvador ha sido el pianista, y único músico, del River Cafe.

Y le gusta. Le gusta mucho su trabajo y a sus 80 años no tiene planes de dejarlo. Y no entiende por qué a la gente le parece tan extraño lo que hace, o que no se retire, o que no haya seguido siendo el músico que salía en tours con Harry Belafonte o escribía música rara y diferente.

En noviembre del 2018, Matthew Kassel, escribió para el New York Times que Dom Salvador es el pianista que inventó la samba funkPero a Dom, la modestia y cierto conocimiento de causa le impiden estar de acuerdo. Aunque reconoce que hizo algo importante por el género, por la samba, más exactamente.

Cuando la bossa nova y su fiebre robótica, que llegaba hasta las tazas de café y los calzones de los estadounidenses, dejaba su marca imborrable en el imaginario colectivo sobre la música brasileña —por el mundo—, Dom Salvador buscaba otras formas —más complejas y entonces menos populares— de cruzar elementos de la música americana con la samba. Vivía en Rio de Janeiro: tocaba jazz, tocaba música cubana y tocaba funk. Escribía música brasileña que lo cruzaba todo.

Pero sólo fue hasta 1970, cuando la bossa nova ya decaía y él era un músico bien remunerado, del famoso estudio Odeon, que grababa con las figurotas brasileñas del momento —como lo había hecho antes con Elis Regina y Pixinginha, por ejemplo—; que llegó a formar esa agrupación vital para el rumbo de la fusiones en la música brasileña: Dom Salvador e Abolição, le llamó.

Y el disco importante que fundaría las bases de lo que haría luego la más conocida Banda Black Rio, fue Som, Sangue e Raça: y fue un disco que, por fuera de Brasil, ni siquiera se escuchó. No fue un disco fácil, mucho menos simple y para todo oído. Parecía una blasfemia de creatividad mirando hacia un futuro ideal, irreverente y sin restricciones de género. Varios miembros de la Abolição conformarían después la Banda Black Rio. Ellos pensarían más estratégicamente en ese futuro, sus límites serían los límites del mercado y como consecuencia gozarían de cierto reconocimiento en el mundo.

Pero ese reconocimiento a Dom muy poco le importó. Llegó a Nueva York en el verano de 1973, de vacaciones y sin planes de quedarse. Llegó, miró, escuchó y se quedó. La música que más le gustaba —el jazz— se tocaba en Nueva York. Su amigo, el baterista brasileño, Dom Um Romão, se ofreció a prestarle su tarjeta de la unión de músicos para que pudiera trabajar en los clubes. Entonces trabajó en muchos clubes: un Dom se hacía pasar por otro Dom. Y así fue como llegó al Tin Palace, y tocó frecuentemente con Lloyd McNeill y con Ron Carter y con tantos otros.

Y le gustó. Hasta cierto punto, le gustó. Luego consiguió su propia tarjeta, conoció a Belafonte y viajó. Durante un par de años no paró. Pero esa vida nómada de músico que gana fans por el mundo, mientras acumula prestigio y pierde amores, no era la vida que él deseaba.

Una tarde del verano de 1975, su familia llegó a Nueva York.

Ese día, entre excitado y ansioso, y justo antes de ir a recoger a su esposa e hijos al aeropuerto, escribió una canción. La llamaría luego Minha Familia mi familia— y sería la inspiración y el título del primer álbum que grabaría en Nueva York: Minha Familia (My Family), de 1976. Una joya rara, preciosa, que a Fred Seibert, su productor, no le gustó: lo decepcionó. Pensó que ni era jazz ni era música de Brasil, pensó que era una música difícil que no vendería para nada, me dijo Dom Salvadorhace un par de díasen la sala de su casa.

Y dijo que lo que había pensado Seibert le había importado muy poco. Entonces se encogió de hombros, dijo que él era así. Y que así sigue siendo —dijo— y miró otra vez —como todo el rato que estuvimos conversando— a Maria, su esposa desde hace cincuenta años, quien dormía profundamente en una cama blanca de hospital, junto al comedor en el que estábamos nosotros.

Quizátenía razón: lo que tocábamos no era muy digestible, pero era lo que realmente nos salía del cuerpo y del alma y no pensábamos para quién, dijo y me enseñó los dientes enormes en una sonrisa blanquísima.

Justo Almario, Dennis Irwin, Mike Pomier y Portinho son los músicos que lo acompañan en ese disco. Todos tienen, entre otras, una cosa evidente en común: ninguno vivió en Nueva York persiguiendo fama ni acumulando premios. Todos hicieron, en Nueva York, algo que realmente quisieron, como poquísimos músicos. Quizás también por eso pocos los conocen. Quizás también, por eso, a Dom Salvador le da igual: acaso en esos pocos —piensa—, acaso en ese comensal desprevenido del River Cafe o en el melómano que colecciona vinilos, o en el músico cualquiera de un lugar que no imagina, ha dejado marcas más reales que la bossa nova: arañazos profundos en la cabeza, en el corazón.

Acaso eso. Pero si no, tampoco le importa.

Playlist

1. Rio 65 Trio - Azul Contente
00:00:09
2. Salvador Trio - Tema Pro Gaguinho
00:03:28
3. Dom Salvador e Abolição - Hei! Você
00:06:36
4. Dom Um Romao feat Dom Salvador - Amor em Jacuma
00:09:02
5. Harry Belafonte - Turn the World Around
00:14:18
6. Lloyd McNeill - O Mercado (Brazilian Market)
00:18:44
7. Dom Salvador – Suddenly
00:23:25
8. The Charlie Rouse Band – Cinnamon Flower
00:28:10
9. Dom Salvador, Duduka da Fonseca & Rogério Botter Maio – Transition
00:33:14
10. Dom Salvador – Barumba
00:38:21

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