Nadie quiere perderse al gran Orlando Vallejo
Su voz, suave y cadenciosa, poseía una musicalidad que lo diferenciaba de otros intérpretes más temperamentales de la época.
La gente no cree que el gran Orlando Vallejo vaya a estrenarse esta noche como solista. Algunos se alegran de que por fin haya tomado esa decisión, y otros temen que su carrera como cantante se frustre por no tener el apoyo orquestal que necesita. Por eso el Alí Bar, cuartel general de Benny Moré, y donde han cantado Celeste Mendoza y Blanca Rosa Gil, está a tope.
Algunos han venido porque lo admiran. Otros, los menos, pero muy burlones, vinieron a comprobar si Orlando va a cantar solo por iniciativa propia o porque ya ninguna orquesta o conjunto le quiere. Lo han bautizado, injustamente, con el apodo de “El enterrador”, “porque cuando llegaba a algún conjunto, literalmente, lo hundía”. Y es una ofensa y una afirmación falsa.
Pero él sale al escenario entre los aplausos, y dice, casi como susurrando, que espera que su público lo apoye y le siga en este camino difícil. Tal vez sea simbólico que, en esta noche de sábado de junio de 1953, Vallejo haya elegido para su primera presentación en solitario este tema, que es casi una carta de presentación como cubano, se titula El madrugador, y dice:
Qué lindo es el suelo mío / bajo el azulado cielo /
qué lindo es el suelo mío / bajo el azulado cielo, /
qué rústico el arroyuelo / murmurar junto al bohío / ilumina el veguerío /
el sol con su claridad, / y rompe la soledad / habitual de la pradera /
una tonada sitiera / que es himno de libertad. //
Yo siempre me acordaré de los versos / de aquel bardo /
yo siempre me acordaré / de los versos de aquel bardo, /
Juan Nápoles y Fajardo, / llamado el Cucalambé.





Orlando Vallejo mira en derredor y ve a la gente ensimismada y sonriendo, y sabe que ha comenzado bien, que es por ahí por donde tiene que ir, solo, pero con esa compañía espiritual.
Reconoce entre el público a un periodista famoso de la revista Bohemia, que se ocupa de la sección “La Farándula Pasa”. Es Germinal Barral, “Don Galaor”, a quien luego responderá algunas preguntas. Vallejo toma aire y sigue:
A mí la canción me inspira, / por su romántico sello (bis), /
pero sé admirar lo bello / de una décima guajira, / oír de un bardo la lira /
como un sol en la mañana, / más la doctrina martiana /
hondamente se demuestra / oyendo música nuestra, /
que es más linda y es cubana.
Ese tema raigalmente cubano fue compuesto por José Ramón Sánchez, y en esa década será carta de presentación de muchos cantantes. Vallejo no es campesino, pero su repertorio no conoce fronteras. Ha vivido en Santiago de las Vegas. Ha nacido en Arroyo Naranjo, La Habana, el 30 de abril de 1919.
Otros cronistas, que posiblemente no estén aquí esta noche de estreno, describirán así al nuevo solista: “Dueño de un estilo interpretativo sobrio, sentimental y refinado, Vallejo logró abrirse paso en una época dominada por grandes voces y formas más dramáticas de cantar.
Él dejará su huella y su estilo, también en el bolero. Uno de sus caballos de batalla será esta Rosa peregrina, y él comienza a cantarla como si se elevara sobre el público asistente:
Divina aparición / mujer, mi canción dirá / con qué desazón /
te esperaba ya. // Mujer que yo soñé / tú vienes a mí / porque te llamé. //
Al cantarte así / mágica ilusión que en mis sueños vi, /
ya mi corazón / está latiendo por ti. // Mística visión / dulce atardecer. //
Rosa peregrina, divina / mujer, mujer.










La reseña de la carrera de Orlando Vallejo dice también lo siguiente: “Sin embargo, detrás de aquella aparente fragilidad vocal existía un cantante extraordinariamente afinado, capaz de transmitir emociones con una naturalidad poco común. Su voz, suave y cadenciosa, poseía una musicalidad que lo diferenciaba de otros intérpretes más temperamentales de la época. Orlando Vallejo dominaba los matices y los silencios, y podía alcanzar notas agudas muy difíciles de reproducir”.
Cuando termine su actuación, luego de abrazos y felicitaciones, le contará en un aparte a Don Galaor, opiniones que le han llegado y que le han herido mucho. Cosas como “que, durante sus primeros años artísticos, pasó casi inadvertido para productores y empresarios discográficos, quienes consideraban que su voz poseía poca potencia para triunfar como bolerista principal”.
Él se encargará, con disciplina, esfuerzo y tesón, de echar por tierra esas valoraciones mezquinas. Cada vez que esos momentos dolorosos le vienen a la mente, canta, como en una pequeña venganza, esta canción que suena a victoria:
Que murmuren, / no me importa que murmuren /
qué me importa lo que digan / ni lo que piense la gente /
si el agua se aclara sola / al paso de la corriente. // Que murmuren /
no me importa que murmuren /que digan que no me quieres, /
que digan que no te quiero, /que tú me estas engañando, /
que vienes por mi dinero, // Ríete de pareceres / y de lo que se figuren, /
que mientras seas como eres / que murmuren que murmuren.
El periodista de Bohemia le pregunta el porqué del jocoso apodo de “El enterrador” que le han endilgado algunos bromistas y dos o tres envidiosos, y Vallejo responde serenamente que él ha pasado por muchas agrupaciones, algunas tuvieron carreras exitosas y otras no, pero que no fue por su voz o su estilo.
Así lo atestigua la larga lista de orquestas y conjuntos donde tuvo oportunidades: “LosGuaracheros de Oriente, la Orquesta América, los Conjunto Kubavana dirigidos por Adalberto Ruiz y agrupaciones vinculadas al músico Ernesto Grenet. También trabajó con la orquesta Ritmo Alegre, el Sexteto Progreso, la agrupación de Paulín Quintana, Melody Boys, y el cuarteto de Remberto Becker”.
En cada uno de esos proyectos musicales aprendió y aportó, y le ayudaron a descubrir su camino y perfilar su estilo. Por eso, cuando cesan los aplausos, Vallejo cierra los ojos, se acerca al micrófono y nos regala este bolero:
Cuando ya no me quieras, / no me finjas cariño, / no me tengas piedad, /
compasión, ni temor. // Si me diste tu olvido, / no te culpo ni riño, /
ni te doy el disgusto, / de mirar a mi dolor. //
Partiré canturreando / mi poema más triste, / contaré a todo el mundo, /
lo que tú me quisiste. // Y cuando nadie escuche /
mis canciones ya viejas, ¡ay! / detendré mi camino en un pueblo /
lejano y allí moriré.








“El guitarrista y compositor Senén Suárez afirmaba que Orlando Vallejo cantaba con ternura, excelente afinación y gran sentido del ritmo. Su manera de interpretar resultaba suave, sentimental y muy armónica”.
Fue su amigo y trabajaron juntos. Senén también dijo: “Aunque físicamente tenía una apariencia discreta y descuidada, sobre el escenario lograba cautivar por la sinceridad de su voz y la naturalidad de su expresión”.
Todo eso frenó un poco su llegada al éxito. Cuando se le presentó la oportunidad de integrar el Conjunto Casino, cuando su director Roberto Espí necesitó ocupar con él el sitio que había dejado Agustín Ribot, tuvo que insistir ferozmente hasta imponerse. “El empresario de la Panart planteaba que Vallejo había cantado con muchas agrupaciones y no pasaba nada con su voz”.
Tal vez para contrariarlo, o para demostrar su valor real y ser agradecido con Espí, sacó el extra de los campeones. “Entre 1951 y finales de 1952, Orlando Vallejo grabó alrededor de treinta caras en discos de 78 y 45 revoluciones por minuto. Aquella intensa actividad discográfica lo catapultó rápidamente a la popularidad”.
Ahora sonríe desde el escenario y le hace un gesto victorioso a Alipio García, dueño del Alí Bar, y al periodista farandulero Don Galaor, y se despide de esta noche de estreno con otro tema campesino que será inamovible en su repertorio, La alborada, de Celia Romero:
Nuestras hermosas campiñas / cuando el alba las ilumina /
y resplandecen los montes / alumbrados por el sol. //
¡Qué lindo trina el sinsonte! // ¡Qué alegre canta el zorzal! //
¡Todo color esmeralda allá / por el manigual! //
¡Qué linda la alborada, qué primor / cuando asoma en la montaña! //
¡Qué lindas se ven las cabañas / con los rayitos del sol!
Durante la década de 1960 viajará primero a México y posteriormente a Estados Unidos, donde se establecerá en la ciudad de Miami. Allí morirá el 20 de enero de 1981, a los 61 años de edad.
Ojalá ningún cubano lo olvide, y en la Cuba futura no sea solamente una dolorosa nostalgia.
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