Esta historia tiene dos partes. La primera es, por supuesto, la historia de la canción en una época en que pululaban en La Habana los salones de baile de todos los estilos y precios. Cuba era una fiesta en el primer lustro de los años 50 y mientras los turistas se iban a bailar y a apostar en los salones de los grandes hoteles a la orilla del mar, la gente del común “rumbeaba” en galpones de suelo de tabla al son de las orquestas de moda; algunas de ellas, charangas de flautas y violines.

El salón de Prado y Neptuno, en la encrucijada de aquellas dos enormes calles y situado en el segundo piso del restaurante Miami, se llenaba por completo los fines de semana por estudiantes y parroquianos habaneros que pagaban una entrada de 30 centavos para poder bailar al son de las charangas. Una de las más escuchadas y bailadas era la Orquesta América, que basaba buena parte de su repertorio en la genialidad creativa del violinista de Pinar del Río, Enrique Jorrín, un muchacho jovial que se había empeñado en que todos los danzones compuestos tuvieran una sección cantada.

Jorrín estaba bastante influenciado por el llamado estilo-mambo de Orestes López y quería darle dinamismo, a toda costa, a esa parte final del danzón. Para ello aceleraba cada vez más los compases finales de los temas y acortaba, en aras del canto, la introducción de los mismos. Pero a diferencia de lo que algunos creían, las creaciones de Jorrín no eran ni mambos ni danzonetes, aunque tenían algo de ambos. Para él eran danzones rumberos, algo mambeados, pero nada más.

Una tarde Jorrín iba caminando por la Calzada de la Infanta camino de Carlos III. Por la acera del frente iba una mujer muy atractiva y el violinista se detuvo a mirar al espectáculo. A cada paso de la mujer y cada contoneo de su cintura, las personas se detenían, incluyendo a los policías de transito y hasta el tranvía municipal. En la esquina de Sitios un hombre se arrodilló y le lanzó un piropo a manera de rezo, pero ella lo miró con desprecio y el galán, visiblemente molesto y exagerado, dijo a voz en cuello: “¡Bah!, tanto cuento y cuando vienes a ver es de goma”.

Aunque despechado, el comentario tenía su razón de ser. Desde los años treinta la idea de resaltar bustos y traseros iba de la mano de la creación de brassièrs y calzones. Charles Moorehouse había diseñado un sistema inflable que agrandaba los senos mediante copas de hule rellenas de aire. Las grandes marcas no lo habían adoptado, pero sistemas similares hechos en casa (o por la costurera de la esquina) eran habituales en todas las ciudades. Incluso Ida Rosenthal, la mismísima Ida Rosenthal creadora del Maidenform, era partidaria de realzar el busto antes que otra cosa.

Para 1951, año en que Jorrín caminaba por Infanta, la empresa Canadian Lady ya ofrecía productos “mágicos” bajo el sello Wonder Bra, mientras que el uso de calzones cada vez más cortos era síntoma de estar a la moda. Y no hacía falta mucho dinero para ello, sólo tener una modista (o costurera de barrio) de confianza para hacer la adaptación.

Cuenta Jorrín que la misma noche del encuentro había baile en Prado y Neptuno y allí entró otra mujer vestida de blanco muy desarreglada, que al poco rato de estar en el baño llamó la atención de todos los presentes por un atractivo que, evidentemente, antes había escondido. A Jorrín eso le hizo pensar en los cambios repentinos de las mujeres, y al recordar el suceso de la tarde en Infanta, compuso en poco tiempo un tema titulado La Engañadora, cuya letra decía:

«A Prado y Neptuno iba una chiquita que todos los hombres la tenían que mirar. Estaba gordita y bien formadita, era graciosita y en resumen, colosal. Pero todo en esta vida se sabe, sin querer averiguar. Se ha sabido que en sus formas, rellenos tan sólo hay. Que bobas son las mujeres que nos tratan de engañar. Ya nadie la mira, ya nadie suspira, ya sus almohaditas nadie las quiere apreciar».

Un año después Enrique Jorrín grabó su tema con la Orquesta América en un disco de 78 rpm y le colocó como ritmo el nombre de mambo-rumba.

Pasaron dos años y en 1953 las creaciones de Jorrín continuaban con el mismo estilo. Era evidente que se trataba de un nuevo ritmo, pero lo de mambo-rumba no encajaba mucho con los antecedentes de estos dos. Había que buscarle un nombre y rápido, pues los bailadores ya habían creado su propio estilo para moverse al compás de la obra de Jorrín. Y fue eso precisamente lo que iluminó la mente del violinista. Al deslizarse los pies de las parejas sobre el tablado de la pista de baile, se producía un sonido cadencioso que oyéndolo con atención parecía decir cha cha chá.

Jorrín, encantado con la sonoridad bailadora, pronto le puso a su creación un coro que decía: «chachachá, chachachá es un baile sinigual».

Había nacido un ritmo nuevo al que pronto le nació un nuevo padre, pues el director de la Orquesta América, Ninón Mondéjar, consideraba que el chachachá era una creación colectiva y no una exclusividad de Jorrín. La batalla legal se desató, pero no hubo vencedores ni vencidos. Mondéjar pregonó en Estados Unidos y México que la Orquesta América había creado el ritmo. Jorrín, ya al frente de su propia charanga, anunció en Cuba que él era el padre de la criatura.

Una de las razones que alegaba Mondéjar es que había sido él quien dispuso la coreografía que popularizó el baile y el nombre del baile, y que se montaba en cada show de la orquesta. Esa coreografía, en el caso concreto de La Engañadora, era protagonizada por una bailarina llamada Lalín Lafayette, otrora integrante de un sensual grupo de baile llamado Las Mulatas de Fuego.

Le contó Lalín alguna vez al historiador Rafael Lam que cuando le tocaba hacer de La Engañadora ella salía al escenario con unas almohaditas en el busto y en las nalgas, pero a mitad de la canción llegaba otro bailarín, se las quitaba y ella se movía con toda gracia y sensualidad.

Y una de las fórmulas que utilizó Enrique Jorrín, por su parte, para dar a conocer la veracidad de su autoría fue el apoyo indiscriminado a conjuntos musicales que apenas comenzaban a destacarse. De esta forma le echó una mano al director de un conjunto recién llegado de Cienfuegos y que a la vuelta de poco tiempo acabaría convertido en santo y seña del chachachá: la Orquesta Aragón.

Pero aquí entra la segunda parte de esta historia.

Virginia Lachimia era rubia natural y desde niña había soñado con dedicarse al baile. Nacida en Minneapolis intentó labrarse una carrera en el ballet, pero encontró que ese camino era muy complicado y se dedicó a bailar en teatros de variedades. Con unas medidas de escándalo, Virginia acabó convertida en la nota sexy de los sketchs de burlesque que se hacían, primero en su ciudad y luego en Nueva York. Así las cosas, se puso como nombre artístico Sheri Darlene, pero estando en Miami lo cambió por Bubbles Darlene y como tal llegó a La Habana para probar fortuna.

La Habana del tiempo de los casinos de gangsters y de las coreografías de Roderico Neira era un verdadero paraíso para gente como Darlene. Los bailes sensuales generaban, como mínimo, docenas de dólares en propinas, y como máximo nuevos contratos y atenciones preferentes. Una bailarina exótica como ella consiguió todo eso en apenas una temporada, en gran medida porque había pocas rubias como ella. La mayoría eran mulatas o pelinegras exuberantes.

Junto a la pelirroja Betty Howard encontró trabajo con sus actuaciones cómico-sexuales en el Teatro Compoamor en la esquina de Industrial y San José, aunque acabaría destacando en el Sevilla Billmore Hotel muy cerca de la famosa esquina de Prado y Neptuno.

El problema de Darlene era que dilapidaba sus ganancias muy rápido y que, pésimamente aconsejada, se metía en un problema tras otro. Fue robada, timada y vuelta a timar. Perdió prestigio, empleo, cartapacio de fotos y vestuario. Fue detenida, solicitada en indagatoria y arrestada. Perdió la paciencia, pero nunca perdió el impulso de darse a conocer por cualquier medio.

En el verano de 1956 protagonizó su escándalo más sonado: salió a caminar por la calle como Debbie Reynolds en el afiche de Cantando Bajo la Lluvia, una de las películas más famosas de su tiempo. Lo malo es que el impermeable era transparente y no llevaba nada debajo… Bueno, si, sus calzones.

Y una cosa era la impúdica noche habanera y otra la vida diaria de la ciudad, de modo que su paseo fue un escándalo.

Cuenta T.J. English en su maravilloso libro Nocturno de La Habana que “llegó la policía. Un agente tomó a la mujer desnuda del brazo y le preguntó:
-¿Se puede saber qué le pasa?, ¿de dónde es usted?
-No quiero engañar a nadie, contestó Bubbles. Luego trató de recitar (en español) la letra de La Engañadora.
En el cuartelillo, un agente volvió a preguntarle:
-De dónde es usted?
-De todas parte, contestó ella. El arte no tiene fronteras”.

Todos los medios de comunicación hicieron eco de la noticia y a todos ellos, fuesen locales como Bohemia o foráneos como Cabaret ella contestó lo mismo:

“Hacía calor y decidí salir de mi habitación en el hotel y dar un paseo. Tenía puesta la radio y estaba sonando La Engañadora. Sabía que la letra de la canción hablaba de una chica que usaba rellenos para mejorar su figura. Bueno, pensé. Yo no necesito rellenos y voy a enseñar al mundo que lo que dice la canción no es aplicable a todas las chicas. De modo que salí a la calle así. No pensé que a los cubanos iba a importarle”.

200 pesos de multa.

 

José Arteaga.

Fuentes consultadas:

Arteaga, José. Música del Caribe. Editorial Voluntad. Bogotá, 1993.
Díaz Ayala, Cristobal. Música Cubana: del areyto al rap cubano. Fundación Musicalia, San Juan, 2003.
English, T.J. Nocturno de La Habana. Editorial Debate, Barcelona, 2011.

http://cuban-exile.com/doc_176-200/doc0195.html
http://hicventerhicsalta.wordpress.com/
http://lenceriahistoria.wordpress.com/
http://majomias.blogspot.com.es/2011/02/aunque-luz-del-tiempo-y-sobre-todo-para.html
http://marramiauuu.blogspot.com.es/2010/11/victorias-secret-iii-la-historia-del.html

America’s Most Exciting Body


http://www.salsapower.com/editorials/la_enganadora.htm
http://www.sentadofrentealmundo.com/2011/10/cuando-las-mujeres-no-usaban-calzones.html
http://vintagesleaze.blogspot.com.es/2012/08/the-true-story-of-bubbles-darlene-sheri.html

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