Lanzamientos
Un viaje al interior para reconciliarse con la música. Eso fue lo que experimentó el DJ, violinista y productor colombiano Montoya en la región amazónica del Putumayo, un territorio ancestral que guarda grandes secretos en medio de su espesa naturaleza que suele estar dispuesta a dejarse escuchar a través de sus plantas sagradas. Para un artista como los es él, vivir en constante creación a veces puede ser desgastante. El oficio o mejor, el acto de crear es un asunto que va mas allá de las musas.
Jhon William Castaño Montoya, conocido artísticamente como Montoya, nació en Pereira, Colombia, y vive entre su país de origen e Italia desde 2001. Músico de formación clásica, es licenciado en violín y composición electrónica por el Conservatorio Agostino Steffani de Castelfranco Veneto (Italia). Sobre sus hombros cae el peso de la perfección, la técnica, la rigidez del conservatorio. En su corazón habita la liviandad , la improvisación, la libertad de crear y la necesidad de conectar a través de la música. Su nuevo álbum Tayta es la respuesta a una búsqueda interior que lo llevó a viajar durante 15 horas en bus de Cartagena a Mocoa, dos puntos muy equidistantes en el mapa colombiano. “El verdadero viaje empezó allí”, comento Jhon con la emoción a flor de piel para relatar su experiencia con la ayahuasca.
Culturalmente para algunas comunidades indígenas de la Amazonía colombiana, el yagé o ayahuasca, es parte de su cosmovisión y modo de habitar la tierra. La sanación, el autoconocimiento, las visiones juegan un papel importante en la intencionalidad que tiene una ceremonia de esta índole que suele ser dirigida por un Taita, un sabedor ancestral que conoce los poderes de esta potente corteza cuyos principales activos son capaces de detonar experiencias espirituales reveladoras. No es una droga, es un camino de visión y sanación que milenariamente ha estado en diversas comunidades de Colombia, Ecuador y Brasil. Y allí, en la espesura del Putumayo fue a parar Montoya. Solo, sin instrumentos, con equipaje liviano y listo para entregarse a un viaje profundo por su interior de donde salió renovado, transformado y reconciliado con la música.
Guiado por el taita Manuelito, este colombiano se embarcó en un viaje de colores y música. “Yo estuve muy distante del violín. Cuando llegué a Italia a estudiar mi relación como que se truncó con el instrumento. En ese tiempo sufrí de depresión musical, me daba miedo tocar”. Y casualmente en el lugar donde se llevó a cabo la ceremonia había un violín. Le faltaba una cuerda y lo arreglaron previo a la ceremonia. De manera inconsciente Montoya pusó el instrumento al lado suyo antes de tomar la bebida de color café y sabor muy amargo que unos minutos después le abrió un portal de magia, visiones y sonidos. “Yo me puse a tocar con el taita que tenía una guitarra y una armónica. Y toqué ese violín con tal libertad que sentí la felicidad de hacer música. Por primera vez me conecté con el instrumento desde el corazón”.
Cuando se está en medio del trance la mente racional pierde toda potestad sobre la persona. El viaje es una cascada de imágenes y sensaciones donde cualquier pensamiento dura menos de un micro segundo y van pasando como una película infinita. No hay tiempo para pensar, analizar o retener una idea. Es pura sensación, pura vibración, pura vida. Y así lo experimentó Montoya : “ Yo veía cristales que luego en lo musical pude traducir en el sonido de la marimba, de una kalimba y de algo con una textura muy brillante”. La rigidez adquirida en el conservatorio se vio suplantada por un inenarrable gozo de tocar. Ese violín que acompañó la ceremonia fue su llave de entrada a nuevo mundo más conectado con lo onírico que le permitió arrancarse el miedo de las entrañas y por primera ver sentir con certeza que la música necesita principalmente de mucho espíritu para ser tocada. Esa depresión que había sentido casi 20 años atrás se convirtió en una dimensión de luz donde equivocarse o tocar sin la técnica requerida no interfiere con el proceso creativo. “Viví la felicidad de tocar con el taita y soltarme. Eso es algo que agradezco porque hoy ya veo mi música de una manera distinta”.
La ceremonia y sus detalles más personales no los vamos a contar aquí. Una experiencia como estas no es para alardear. Lo cierto es que si es intensa, profunda, difícil de atravesar pero tremendamente reconfortante cuando se está al otro lado del miedo. “ Me acuerdo que llegó el día de regresar en bus después de la toma y puse mi reproductor en modo aleatorio porque me gusta que la música me hable. Y suena “Halcyon & On”, de Orbital en un remix de Jon Hopkins. Ahí mismo sentí que quería hacer un álbum con esa misma esencia y traducir lo que había vivido con la planta sagrada, con esa sutileza y belleza y transmitir la alegría de haber sobrevivido”. De ahí nació Tayta su nuevo álbum publicado con ZZK Records. Un disco sin pretensiones, estético en lo visual, muy rico en texturas y lenguajes que aportan a la escena electrónica. No es un disco cualquiera, es la fotografía de un alma que salió de este plano para traer ritmos y melodías de otros lugares mucho más elevados. Montoya fue el mensajero y así se siente cada uno de los ocho cortes que componen esta producción. Sin fanatismos ni intenciones de querer hacer de esta experiencia tan personal algo denso, el Jhon terrenal nos regala su emocionalidad, la información que recolectó durante las visiones, la humildad que brinda la música cuando te habla al oído y especialmente la mística que hoy en día requiere este arte.
Tayta es eso. Un viaje. Una luz. Un despertar sonoro.
Luisa Piñeros
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