Por Gladys Palmera

Norah Jones: como un caramelo balsámico

Norah Jones al contrario de las divas de su generación de Britney Spears a Beyoncé o Christina Aguilera, parece más cercana, y se mantiene más oculta. Es una voz que apareciera debajo de una neblina aparentando una timidez desganada. Se puede decir que lo suyo es un estilo cercano a la artesanía pura. Pese a ello, consiguió el milagro del éxito, cantando temas propios y de clásicos del country como Hank Williams.

Con arreglos en contra de todas las leyes de la industria pop y vídeos íntimos, tuvo éxito. Es decir, un éxito inmenso: 20 millones de copias con su primer disco, que además le hizo ganar 8 Grammy’s. Su música es para paladares acostumbrados a placeres vegetales y le viene en sus genes. Su padre es Ravi Shankar, el famoso intérprete de sitar hindú, su madre es productora de conciertos y su hermana Anoushka Shankar es la más famosa sitarista de ahora.

Pese a que su éxito no gustó a los que odian las listas, y la retiraron de sus “círculos para los más” a vendido como cantante más de 40 millones de discos. Su música combina elementos de jazz, soul, pop y country. Ha protagonizado la película My Blueberry Nights (2007), y la música de la película Ted, por la que la nominaron a los Oscar’s.

Su carrera está impregnada de eclecticismo cultural y musical. Ha coqueteado con el reggae en Tell Yer Mama con el aire a lo Tom Waits (o a Kurt Weill) y se acercó al bluegrass acompañada de Dolly Parton. Su mayor virtud quizás sea lograr que su voz, siempre un poco oscura y distante, se imponga al eclecticismo y consiga un estilo propio en todo lo que hace.

Vivió en Nueva York hasta que cumplió cuatro años. Y con su madre se mudó a Texas donde estuvo hasta los veinte. De esta época data su primer interés por la música, escuchaba clásicos del blues y del jazz como Billie Holiday, Etta James, Aretha Franklin, Ray Charles, Bill Evans, Joni Mitchell y otros. A estas influencias, hay que añadir las recibidas de su abuela, aficionada al country desde Hank Williams a Willie Nelson.

Norah se sumó al coro de la iglesia para cantar gospel, al tiempo que iniciaba las clases de piano y saxofón (a los siete). Asistió a una escuela de artes, donde ganó varios premios de interpretación y composición para estudiantes. En la universidad estudió piano y teoría en el programa de jazz. Formó su primer grupo y comenzó cantando en un restaurante italiano.

Con veinte años Nueva York le llamó, porque había tomado contacto con un grupo de músicos y se involucró en el circuito de clubes y conciertos de Greenwich Village. Empezó a escribir sus propias canciones, formó parte del combo de funk fusion, Wax Poetic y, finalmente, montó su propio grupo. Los milagros suceden y más en Nueva York, así que una noche del año 2000, le oyó en el local en el que tocaba un productor. Éste se lo llevó a su amigo, director de Blue Note, el reputado sello de jazz. La propuesta de Norah no podía ser más tentadora: una voz joven y sugerente, plena de cálida sensualidad, cantando casi como si desvelara algún íntimo secreto. La contrató con haber escuchado apenas tres canciones y le encargó al productor Craig Street que trabajara el material de Norah y la rodeara con instrumentistas de lujo.

Su debut discográfico, salió a la venta en febrero de 2002, sin campañas masivas, ni un hit agresivo sonando en todas las radios. Sin embargo, el boca a boca hizo su trabajo y el disco se empezó a vender cada vez más.

Para el otoño ya había sobrepasado el millón de copias vendidas y todos estaban maravillados. Así que se convirtió en un gran éxito en diversos países. Platinos por todos los lados y millones de discos Hasta el punto de arrebatar casi de la mano a EMINEN tres estatuillas.

Desde su Come Away with Me a The Fall, se ha desenvuelto por dos ríos estéticos: del asfalto neoyorquina al desierto, donde creció. Una travesía desde lo cosmopolita urbano al aridez del desierto. Aliñando jazz con acompañamientos de piano. Además, también se atreve a mezclar el country sureño y cierto pop indie. Y en alguna ocasión se acerca hasta las rancheras fronterizas.

La música de Norah Jones es lo más parecido a una caricia. Es apacible, dulce, melancólica y, puede que algo tan convencional como el buen amor: sin estridencias.

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