Por Gladys Palmera

Diana Krall: What Else?


Diana Krall, aunque parezca mentira, de pequeña soñaba con ser astronauta. Incluso fue a ver el despegue de un cohete espacial. No lo ha conseguido, pero ha terminado por ser una estrella y casarse con otra: Elvis Costello. Todo queda en el espacio.

En una familia en la que su padre tocaba el pino y la madre cantaba en un coro, ella comenzó a cantar en la escuela, pero su voz demasiado ronca, le impidió aparecer en los escenarios teniendo como espectadores a padres y madres con los ojos húmedos los fines de curso.

Su voz le sirvió para cantar en una gala de Rosemary Clooney cantante, pianista y tía de George Clooney. Krall considera al chico del café uno de sus mentores.

Ray Brown, antiguo miembro de Oscar Peterson Trio la vio en el Club Nanimo y convenció a sus padres para que se dedicara a la música profesionalmente y le ayudó a tocar por Los Ángeles. Justo lo que necesitaba Krall, porque oír a Peterson fue por lo que se convirtió en un pianista de jazz. «En el anuario de mi escuela secundaria está escrito que mi sueño era convertirme en una pianista de jazz como Oscar Peterson.»

La cantante le gusta colaborar con otros artistas y lo ha hecho con Tony Bennett, incluso ha grabado un disco con G. Clooney, Peterson y Streisand. De la que también se convirtió en productora.

Krall hace que sus canciones transcurran entre el susurro y el silencio, a veces con una envolvente orquesta. Pero es en directo tocando el piano y con la voz un poco más aguardentosa –y un poco más estimulante– que de costumbre, la que queremos escuchar.

Clint Eastwood compuso una canción para ella. Protagonizó junto a Chick Corea la noche de año nuevo en el Blue Note de Nueva York. En uno de sus discos participa como arreglador Johnny Mandel, el legendario compositor de The Shadow Of Your Smile. En un mundo de negras, la blanquísima Diana Krall asoma como la gran cantante del jazz actual. Y además rompiendo las reglas de desgracia, drogas y infelicidad de las grandes y negras damas, Diana está felizmente casada con Elvis Costello y tienen dos gemelos a los que pasean con la naturalidad de unos padres con casita en el campo.

El público ha mostrado siempre una incondicionalidad que excede en mucho a la de cualquier otra figura del jazz de ahora mismo. Seduce de antemano, y siendo una rubia no lo hace con sus mohínes. Confía, sobre todo, en la música. Y es que su glamour aparece, en administrar la voz, sin sobreactuación. Domina, en todo caso, el arte de la sugerencia.

Una voz. Un piano. Guitarra y contrabajo. El lugar debería estar lleno de humo, pero el tabaco está prohibido. Así que la atmósfera es un poco menos densa pero Diana la ocupa con su voz. Podría ser una de esas rubias sensuales y misteriosas que entraban en la oficina de un detective privado. La imagen no es una caricatura. Diana Krall, una blanca –lo que en el mundo del jazz es extraño– formada en la escuela Berklee de Boston, es tan perfecta que parece salida de una anuncio publicitario. Su único “defecto” es que además toca el piano y canta como los dioses.

Tres discos bastaron para poner a Krall en el lugar de despegue. En el primero de ellos, algunos invitados famosos (Stanley Turrentine en saxo, Ray Brown en contrabajo) rubricaban la apuesta de su productor, Tommy LiPiuma. No consiguió gran éxito, pero el efecto su voz cálida, sin énfasis, insinuante y con un fraseo en el piano capaz de recrearse en sutilezas y pequeños matices, alcanzó para generar la expectativa necesaria.

Con All For You consiguió un éxito: buenas ventas, críticos asombrados y una nominación al Grammy. El tercero, Love Scenes, la consagró: portadas en revistas especializadas actuaciones en los clubes y festivales más importantes del circuito del jazz y muchos reconocimientos.

La vida de Diana Krall es tan perfecta que hasta parece mentira, y debe ser porque nunca está en las nubes.

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