La cárcel es la consecuencia legalmente lógica de cualquier acto delictivo. Es allí donde van a dar todos los criminales que fueron “pescados” tras cometer un homicidio, un robo o cualquier otro delito. La cárcel es el aislamiento y el encierro en su más pura expresión y aunque la literatura ha convertido a la prisión en un mito lleno de aventura y misterio, su real magnitud como símbolo del castigo no ha podido ser vista por la música más que como drama y tragedia.

Una de las razones para que existan tantos cantos a la cárcel en la música del Caribe y en la salsa es que muchos de sus intérpretes han pasado por la experiencia penitenciaria y es el caso de Daniel Santos, Ismael Rivera, Marvin Santiago y Ramón Rodríguez, entre otros, además de la enorme cantidad de salseros que han tenido problemas judiciales.

El canto a la cárcel tiene sus antecedentes en el son y en el bolero, y se ha convertido en una especie de reclamo de derechos en muchos países del Caribe. El Sexteto Juventud de Venezuela tiene dos temas alusivos a la prisión: La Cárcel y La Ley, y en Colombia, Fruko y sus Tesos hicieron El Preso que, con una letra registrada por Álvaro Velásquez (estuvo reclamada en su momento por Enrique Aguilar Martínez), resulta ser una versión tan atrayente como la realizada por la orquesta del puertorriqueño Tommy Olivencia. Luego, por supuesto, ha tenido versiones en Indie, electrónica, pop, rock y cumbia.

Wilson Manyoma Gil vocalizó la versión de Fruko y su eterno compañero de filas, Joe Arroyo hizo muy popular, más tarde, otro canto penitenciario, Virgen de las Mercedes con los Latin Brothers y dedicado a la patrona de los reclusos, cuyo día se celebra el 24 de septiembre.

La continua relación del músico salsero con la delincuencia ha hecho que este ubique como sitio de conciertos a las prisiones. Tenemos así las constantes presentaciones de Larry Harlow, la Fania All Stars, los Hermanos Lebrón, el Conjunto Clásico, El Gran Combo y Rubén Blades en establecimientos carcelarios.

Dos de estos conciertos fueron muy famosos. El primero es el de Bobby Valentín y su orquesta en la Penitenciaría Estatal Oso Blanco de Puerto Rico, del que quedaron grabados dos discos excepcionales: Bobby Valentín va a la Cárcel y Bobby Valentín desde la Cárcel. El cantante en aquella ocasión (repetida en el 35 Aniversario de la orquesta) fue Marvin Santiago, en ese momento futuro residente de la Penitenciaría de Bayamón, donde purgó tres años, suspendidos más tarde por la libertad condicional. Santiago pasó de cantar con Bobby: No juegues con la candela, a decir con su grupo: Auditorio azul, verde la esperanza.

El segundo concierto fue el de Eddie Palmieri en la mítica Sing Sing en 1972 (Harlow tocó también allí en el 74). A Eddie lo acompañaron en aquel momento el órgano de su hermano Charlie, los coros del Harlem River Drive y los textos del poeta young lord Felipe Luciano. El concierto estaba destinado a un amigo de los Palmieri que casualmente fue trasladado el día anterior a otra prisión. Igual, cantaron y dejaron para la historia ese magnífico tema suyo, Vámonos Pa’l Monte. Pero una vez concluido el espectáculo, los músicos comenzaron a empacar sus instrumentos. De pronto un preso desesperado saltó sobre el volante del vehículo que los trasladaba y logró encenderlo, pero no pudo echarlo a andar. Los guardias bloquearon el paso y lo confinaron de nuevo. “Tendré que quedarme otros 30 años”, fue lo único que dijo.

Entre todas las composiciones a la cárcel, Las Tumbas, de Bobby Capó, ha sido la más popular de las Antillas, aunque algunos pretendan contraponer a Para que Aprendas, de Roberto Torres; Lágrimas de un Preso, de Mario Tierra y tocada por La Conspiración; El Penado, de Virgilio Martí & Pupi Legarreta, Las Quejas de Cada Cual, de Roberto Roena; Galera Tres y Cárcel sin Rejas, de Ismael Miranda; Señora Ley, del Conjunto Clásico; Mi Libertad, de Frankie Ruiz; Triste Realidad, de Nelson Feliciano; Adivínalo, de Chamaco Ramírez; el propio tema de Ismael Rivera Mi Libertad Eres Tu; o el quinteto carcelario de Daniel Santos: El Juego de la Vida, El Preso, Cautividad, Amnistía y Liberación.

Lo cierto es que Las Tumbas es prácticamente el himno de la prisión en el Caribe, pues Capó lo compuso pensando en dos grandes músicos que había sido encarcelados por contrabando de drogas: Rafael Cortijo e Ismael Rivera. Maelo estuvo dos años en la Prisión Militar Fort Knox de Kentucky y Cortijo estuvo internado en uno de los programas de rehabilitación Apra.

El número, vocalizado por el propio Rivera, narra el paralelo existente entre la prisión y la muerte, entre la monotonía y la tortura, entre el encierro y la crucifixión. El nivel dramático de este tema limita con la angustia y el desespero. Es un grito a la libertad y el interminable tiempo que transcurre para el encerrado: “De las tumbas quiero irme. No sé cuando pasará. Las tumbas son pa’ los muertos y de muerto no tengo na’. Cuando yo saldré de esta prisión que me tortura, me tortura mi corazón. Si sigo aquí, enloqueceré”.

Ahora bien, hay un canto a los presos que tiene una historia particular. Durante muchos años, siglos, fueron los territorios insulares americanos los sitios ideales de confinamiento por las enormes dificultades para salir de unos islotes plagados de riscos infranqueables, mar embravecido y tiburones blancos. En el Caribe se hizo famosa la Isla del Diablo, en la Guyana francesa, donde nació la leyenda de Papillón; y en el Pacífico destacaron Alcatraz y San Quintín en Estados Unidos, Islas Marías en México, San Lucas en Costa Rica, Gorgona en Colombia, Santa María en Chile, y la Isla de Coiba, en Panamá, hoy parque nacional.

Coiba, localizada en el Golfo de Chiriquí, se institucionalizó como penal en 1919 estableciendo el sistema de colonias. Desde el comienzo los reclusos trabajaban en ganadería bovina y porcina, agricultura, siembra y en las plantaciones de árboles frutales, además de ebanistería. Por eso, por lo de la agricultura, había que espantar los pájaros molestos, pájaros de las 147 especies que hay en la isla. Una de esas especies es la casanga. En realidad la casanga se llama loro cabeciazul (pionus menstruas) y es un perico de 25 centímetros de color azul y pecho rojo.

Rubén Blades ingresó a la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá en 1967. Como todos saben, la universidad se cerró dos años después y se reabrió en el 70, que es el año en que grabó su disco con Pete Rodríguez. El hizo la tesis en hurto y robo en la Isla de Coiba, entrevistando a 60 presos de hurto agravado, e hizo las prácticas en el Banco de Panamá.

Pues bien, en 1974 Blades se graduó como abogado y viajó de inmediato a probar fortuna en Nueva York. Allá las cosas no son fáciles (para ningún emigrante latino lo son) y acabó trabajando en la Oficina de Correos de Fania Records. Estando allí conoció a Willie Colón, que era el único músico destacado de Fania que no había viajado con la Fania All Stars al famoso Rumble in the Jungle en Zaire. Entre los dos urdieron la inclusión de El Cazanguero en el disco El Bueno, El Malo y El Feo, que Colón estaba grabando. El tema dice: “Es el lamento del cazanguero en Coiba de madrugá. Apúrate Chino Juan que a la fila llaman ya. Dice el guardia que esta vez no, no te quedes tan atrás. Haga sol o llueva fuerte a la siembra hay que cuidar, que no venga la cazanga a tu esfuerzo a malograr, a tu esfuerzo a malograr, a tu esfuerzo a malograr”.


Los Imaginarios y la Cultura Popular
. Arteaga y otros. Compilación: José Eduardo Rueda Enciso. Editorial Cerec/Coder. Bogotá, 1993.

La primera ilustración de este post pertenece a Robert N. Dennis Collection of Stereoscopic of Sing Sing, New York and Vicinity.

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