Hubo un tiempo en que la música del Caribe le cantaba a la violencia. No fue la época de Pedro Navaja, sino antes, durante un período en que las letras hablaban de guapería. La guapería es una acción propia de quien es considerado guapo y en este sentido entendemos guapo no como un hombre bien parecido, sino como un hombre pendenciero, agresivo y valiente. Esta definición es propia de nuestros países latinoamericanos y por ello su presencia en la música no debe resultar extraña.

Ya en viejos temas del son cubano, la guapería es asumida como una constante importantísima para dejar bien claro que quien canta es el mejor entre todos los que lo rodean. La música se convierte entonces en un reto, en un desafío abierto a quien lo quiera aceptar. Estribillos como “Compay póngase duro que ahora si que vamo’ a gozar” o “Elige tu que canto yo” tienen esta connotación que se ve resumida en la controversia cubana donde dos cantantes entablan un duelo de improvisaciones. Esa connotación se ve ampliada en el guaguancó, cuya introducción tiene estas características de duelo pero entre el cantante y un instrumento.

La salsa es continuadora de la tradición musical del son de alarde y ego latino. Soy el Bravo del Sexteto Juventud, Yo Soy de los Bravos de Roberto Angleró y Johnny El Bravo López o Pa’ Bravo Yo de Ismael Miranda y que hiciera popular Justo Betancourt, son buenos ejemplos de guapería y que tienen su punto más alto en Vacila y No Contamines de Yoyo Bastidas y que interpretó Pupi Legarreta, y en Soy Guapo de Verdad, donde su compositor Johnny Pacheco refuerza la intención de guapería con frases cómicas y rasgos exagerados haciendo que los términos violentos no suenen tenebrosos ni asustadores:

“Soy guapo de verdad, yo como candela y no soy Satanás.
“El día que yo nací, se lo juro por mi abuelo, que cuando papá me vio se le pararon los pelos.
“A mi no me gusta el cuento, te lo digo con franqueza, que si tu vienes con chismes yo le arranco la cabeza.
“A mi me dijo el doctor que agua no podía tomar, como soy hombre de acero un día me iba a oxidar”.

La narrativa de este tema está centrada en las improvisaciones del sonero, por eso su importancia no adquiere mayores niveles en cuanto a relato de violencia. Sin embargo, en la ya mítica guaracha Son de Máquina de Rolando Laserie con la orquesta de Ernesto Duarte (Sabor. Gema, 1958), el llamado El Guapo de la Canción decía en una de sus estrofas: “Busco trabajo de guapo y soy capaz de matar, vendo pita o guarapo si ella se quiere casar”.

Diez años antes del éxito de Laserie, el incombustible Arsenio Rodríguez compuso Me Boté de Guano, tema que según Alfredo Chocolate Armenteros, Arsenio le regaló sus derechos. La canción hacía referencia a un tipo de paja usada como techo en chozas y bohíos, pero trasladada al ambiente de guapería se convirtió en Me Boté de Guapo con una docena de versiones. Entre estas destaca la de Federico y su Combo que dice: “Un grupo me llama bembe, el otro me llama guapo, el que me entiende me entiende y el que no lo voy matando”.

Pero todo lo anterior es de todas formas un elemento trascendente cuando aparecen los personajes como Come Candela de Mongo Santamaría y Justo Betancourt, Quimbó Quimbisa de Pupi Legarreta y Antar Daly, Sansón Batalla de Nacho Sanabria y sus hijos, El Guapo de Andrea Brachfeld, El Títere de Louie Ramírez que decía entre otras cosas “Soy un tipo atrevido, muy listo y también guapetón”, y El Hombre Increíble de Marvin Santiago con frases como “Con Aquaman una competencia eché y le gané, y al lento de Superman volando lo derroté”.


Leyendas patrióticas y urbanas

“Ya se acabaron los guapos en Yateras” es el coro de Corso y Montuno, popular canción de Johnny Pacheco y Héctor Casanova dedicada al club de baile El Corso. El club, ubicado en la calle 86 entre segunda y tercera avenidas, estaba regentado por Tony Raimone y desde 1968 albergó algunas de las mejores noches de baile latino en Nueva York. Más de una vez se formaron peleas sin mayor trascendencia en aquel sector que lo rodeaba y por esa razón Pacheco le insertó el coro de una vieja leyenda cubana.

Cuenta esa leyenda que en el pueblo de Yateras, al norte de la ciudad de Guantánamo, las fiestas patronales acababan siempre en pelea encendida y más de una vez hubo muertos a machete por culpa del consumo de calambuco, alcohol de cocina destilado en alambique casero. La gente se volvía como loca y acababa matándose entre si, hasta que un día no hubo nadie para pelear.

Pero han pasado muchos años desde aquello, más de cien, y a la leyenda le han surgido versiones. Una de ellas dice que en una de las campañas libertadoras de Antonio Maceo por el oriente cubano, el general de los llamados mambises tuvo un hijo con una querida. Con el paso de los años el chico, que llevaba a sus espaldas la fama de indomable de su padre, se convirtió en un buscapleitos, en un guapo en toda regla. Pero en una fiesta de aquellas lo mataron y se acabaron los guapos en Yateras.

La canción que hace referencia a esta leyenda se le adjudica a Arsenio Rodríguez, quien la interpretó por primera vez en 1946. Sin embargo, es posible que el propio canto no haya sido suyo y que hubiese dotado de armonía, ritmo y melodía una tonada popular guantanamera.

Lo anterior nos deja en presencia de una circunstancia determinante: la guapería o el concepto del hombre que salta a la primera de cambio, no es exclusivo de la música del Caribe. Tampoco la violencia lo es, aunque esta haya marcado a su principal producto, la salsa.

Las alusiones a los hombres envalentonados y temerarios, capaces de lo más heroico y violento, son más que habituales en la música mexicana, sobre todo en la canción ranchera y en el corrido. El problema es que en México guapo tiene la misma acepción que en España, o sea galán y bien parecido. Un guapo afrocubano es en la ranchera el equivalente del mero rey que con dinero y sin dinero hace siempre lo que quiere y su palabra es la ley.

En la música argentina también el guapo es bien parecido. En lunfardo el equivalente guapo es taura y en lenguaje cotidiano y callejero, canchero y varón. Sin embargo, el tango y la milonga han dejado sendas muestras de guapería. Sin ir más lejos, Se Acabaron los Guapos es el título de una milonga con música de Rafael Tuegols y letra de Alfredo Tropiani que hiciera popular en 1952 el gran Juan D’Arienzo: “Decís que sos muy canchero y que te sobra carpeta, que por vos van las pebetas suspirando de emoción. Que en los barrios suburbanos siempre tayaste primero y que en más de un entrevero te jugaste el corazón”.

Dicha letra parece haber sido escrita para Daniel Santos en tiempo de bolero, aunque él nunca la cantó. Santos fue el más arrabalero y bohemio de todos los cantantes que ha tenido el bolero y fue apodado sucesivamente El Inquieto Anacobero, y El Jefe. Lo del Inquieto Anacobero nadie supo realmente a que se debía, aunque todo parece indicar que anacobero era una manera de llamar a los tomatragos. Lo de El Jefe, en cambio, sucedió, según la leyenda urbana, una mañana cualquiera, tras salir del bar El Perro Negro, situado en el sector más peligroso de Medellín. Daniel Santos fue con el cuerpo lleno de tragos a hacerse lustrar los zapatos. El embolador tras reconocerlo le gritó inmediatamente. “Jefe, jefe, la bendición. Usted es el que nos manda. A usted todos le rezamos”.

Cantante de boleros, guarachas y mambos, comenzó a hacerse popular con el cuarteto de su padrino Pedro Flores y rápidamente se convirtió en símbolo de lágrimas, abandonos, muertes y soledades, porque Santos fue un soberbio cantante que supo imponer desde temprano un estilo único, imitable tal vez, pero único y definitivo. En su voz y su apariencia de hombre de cantina, siempre se retrató a eso que se llamó en su momento camaján; es decir, el alardoso y retador, el de vestir impecable y de autosuficiencia total aún en las calles más sórdidas.

En 1979 grabó con Johnny Pacheco el disco Los Distinguidos (escuchar el programa) del que destacó el tema Ciriaco el Sabroso. Ciriaco no era un guapo. Todo lo contrario. El guapo era Santos que al final de la canción decía:

“-¿Aló?, habla Johnny Pacheco.
-Habla Ciriaco el Sabroso.
-Óyeme Pacheco, óyeme Sabroso. Te habla El Inquieto Anaconero pa’ decirte que donde quiera que te agarre te voy a partir una pata, te voy a rompé e’ casco, te voy a meter un tubazo por la espalda y otro tubazo por…
– ¡&%$··»#¢?##!”.


Siete pies, grande y feo

Y así llegamos al personaje más popular de toda esta tendencia guapera, El Watusi. Compuesto e interpretado por Ray Barretto a comienzos de los años 60, El Watusi fue un éxito de ventas discográficas, el primer tema salsero en alcanzar el millón de copias vendidas y el primero en entrar en el hit parade de Billboard (puesto 17 del 1 de junio de 1963). Fue tanto su éxito que Barretto, tres años más tarde, se vio obligado a sacar una segunda versión del personaje llamada Watusi 65 que, por supuesto, no tuvo la trascendencia de su original.

El Watusi como música nació de una inspiración de Barretto cuando vio a algunas parejas de bailarines del Palladium Ballroom hacer una coreografía parecida a la danza Cherokee de la lluvia. ¿Porqué no puedo crear yo un baile nuevo?, se preguntó a si mismo y la tonada nació. En su primer disco para el sello Tico, Charanga Moderna de 1962, el productor Teddy Reig escogió el tema, junto a Ritmo Sabroso, como single promocional y el salto a la fama fue inmediato.

El Watusi como letra fue una creación colectiva en la que participó, entre otros, Pete Bonet, y quien hizo una de las voces teatrales de su famosa puesta en escena junto a Wito Kortwright. El Watusi es una historia muy corta que narra la llegada de un gigantesco moreno a un establecimiento público y que es retado por el narrador pues este dice que no le tiene miedo. El número no es cantado y la voz de quien relata el hecho está respaldada por los violines de la charanga La Moderna de Barretto y el piano de Alfredito Valdés Jr.

Cabe anotar que la palabra watusi en lengua kinyarwanda significa grupo y vale para todo tipo de asociaciones de la etnia centroafricana tutsi (famosa por su gran estatura), desde una reunión hasta un baile. También se conoce así a un tipo de ganado bovino que se caracteriza por su enorme cornamenta.

“Oye caballero: ahí acaba de entrar el Watusi, ese mulato que mide siete pies y pesa 169 libras. Y cuando ese mulato llega al solar todo el mundo dice: ¡a correr que ahí llegó Watusi, el mulato más bravo de La Habana!

“-¡Watusi, Watusi, ven!
-¿Qué quiere?
-Oye, a mi me dicen que tu eres guapo.
-Si, a mi todos me tienen miedo.
-No me digas que a ti todos te tienen miedo porque yo si que me fajo con cualquiera.
-Pues entonces, vamos fajando.

“Llegó el Watusi. Siete pies, grande y feo… a correr to’ el mundo. El que no huye corre”.

Casi todos los cantos de guapería en la salsa mantuvieron un alto nivel de ironía y burla, lo cual le dio aspecto de comedia a estas canciones típicamente ególatras y propias de una condición de latinoamericano fanfarrón. Sin embargo, como ya se ha dicho, este es sólo un tipo de canto alusivo a la violencia, ya que en otro terreno las letras salseras se revistieron de dramatismo cuando tuvieron que cantarle a la prisión (leer el post DE LAS TUMBAS QUIERO IRME) y de crónica roja cuando surgió la salsa narrativa (leer el post LOS OTROS PEDRO NAVAJA).

Fuentes consultadas:
Los Imaginarios y la Cultura Popular. Arteaga y otros. Compilación: José Eduardo Rueda Enciso. Editorial Cerec/Coder. Bogotá, 1993.
La Jiribilla, Cubanet, Guantánamo en la red.

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