Un programa de Alan Queipo y José Fajardo

Rosalía – Motomami (Columbia Records/Sony Music, 2022)

21 de marzo de 2022

A estas alturas ya está todo inundado de reflexiones, rumores, críticas y comentarios de lo más variopintos sobre ‘Motomami’. Pese a esa saturación informativa, nadie se ha preguntado una cosa: ¿cómo es posible que tantas personas escuchen a Rosalía? Su propuesta tiene mucho más que ver con el arte de vanguardia que con el pop masivo y, sin embargo, alcanza a una audiencia transversal y diversa. Es una noticia maravillosa y tremendamente inspiradora que la barcelonesa de 28 años consiga que millones escuchen una música tan original, arriesgada y repleta de matices, en absoluto de consumo fácil.

Pongamos como ejemplo uno de los singles, ‘Saoko’: bajo esa apariencia frugal y juguetona (“Saoko, papi, Saoko”) hay detrás un complejísimo entramado en la producción, que incluye pasajes de free jazz, techno fantasmagórico, bases como cuchillazos… Vamos ahora con ‘Hentai’, auto parodiada por su autora en un admirable ejercicio de humor e inteligencia tras las críticas que despertó la letra (“te quiero ride como a mi bike”): como si fuera un chef de Estrella Michelín hilando en un mismo plato un cochinillo con caviar, ella es capaz de mezclar una ráfaga de ametralladora junto a un piano y hacer que suene coherente a través del milagro de su voz.

Más allá de los temas diseñados para reventar cifras, en los recovecos menos mediáticos del álbum hay canciones con una sensibilidad tan acongojante como ‘G3 N15’, una preciosidad que recuerda a su época intimista junto a Refree circa ‘Los Ángeles’, su debut de 2017. O ‘Delirio de grandeza’, su respuesta a ‘Un veneno’ de C. Tangana, en la que demuestra que su gran cualidad es su faceta de esponja que absorbe e integra en su discurso (en su arte) todo lo que le gusta sin perder su esencia: en este caso esa doble realidad que se respira en ciudades en las que ha pasado los últimos años como Miami o Los Ángeles: la música latinoamericana pero también la cultura popular estadounidense, como el hip hop.

Quienes pensaban que éste sería un disco consagrado al reggaetón no podían estar más equivocados. Rosalía, como las grandes estrellas del arte, se adelanta a lo que va a suceder, ve venir las tendencias antes de que lo sean, y muestra aquí un compendio de cómo será la música del futuro: sin etiquetas, sensible a la diversidad, con un giro en el foco hacia lo que antes eran las periferias, y en una continua búsqueda de la diferenciación, de lo que nos hace auténticos, que en su caso es a través del flamenco.

Como ya decía en una entrevista con Vanity Fair en 2017, antes de que explotara con ‘El mal querer’ (2018):Me siento flamenca y es algo que no va a desparecer nunca. Significa tener este amor tan profundo por el género y sentir que forma parte de mí. Seguiré profundizando pero no voy a dejar de probar otras cosas, aunque no sea lo que haría una cantaora habitualmente. No me importa romper esas ataduras”. Y vaya si las está rompiendo, está machacando las ataduras junto a los prejuicios de los que todavía se niegan a aceptar que las cosas están cambiando.

José Fajardo 

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