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Una bailaora de leyenda con una carrera rota por el machismo.

El periodismo vive en la angustia de la noticia y de la velocidad, quizá por eso merece la pena -de vez en cuando- contar las historias de otra manera. Una de esas historias es la de Antonia Santiago La Chana. Una vida recuperada primero por un documental y luego por un libro, entre medias volvió a los escenarios y sigue provocando nuevos capítulos en la historia del arte flamenco.

La Chana, bailaora, gitana, rubia y catalana tuvo que superar muchos prejuicios para dedicarse al arte para el que estaba destinada y cuando estaba en lo más alto y, a punto de seducir al planeta entero, su carrera se truncó.

El cronista no siempre está a la altura de las historias que se encuentra en el camino. El presente artículo ha tardado tres décadas  en escribirse, desde que escuché por primera vez hablar de La Chana en 1989 o 1990. Cuando fui a su gala en Madrid en 2017 aún no tenía claro quién era, lo que significaba, en los corrillos se hablaba en voz baja de su historia que siempre acababa con la recomendación de ir a ver el documental. Un año más tarde apareció el libro que completaba su historia y que fue el detonante de la entrevista incluida en este reportaje.

Bailaora

Preludio

La primera vez que escuché el nombre de La Chana fue en la voz de Peret,

“La Chana iba en el otro coche”. Era mi primer encuentro con el rey de la rumba y ese detalle se había quedado aparcado en algún lugar de la memoria… porque lo que me estaba contando Peret me sonaba a una historia de redención; quizá una historia de OVNIS.

Estábamos en la casa de Peret en Barcelona encima del Mercat de Sant Antoni, a unos pasos de la calle de la Cera. Era la Barcelona preolímpica, hacia 1990, y Peret narraba la historia de cómo pasó de ser el rey de la rumba, a ser un modesto pastor evangélico.

-En esa época yo hacía “bolos” en las iglesias, comentaba años más tarde un Peret socarrón en el bar Els Tres Tombs en presencia de tío Paló, el tío Toni, Ramonet y la tía Pepi; su prima Pepi Becas es, hoy, la única superviviente de esa imponente estirpe de rumberos. 

Toma 1. Peret: “La Chana iba en otro coche"

“En 1982 iba en coche a Mataró y tuve una visión, apareció una luz que me atravesó por la mitad y aquella visión transformó mi vida y mi forma de pensar. Una luz que me dividió en dos, a mí y al coche. la Chana iba en el otro coche, detrás”. La visión tiene lugar y fecha: el sábado 27 de noviembre de 1982, en la carretera nacional II entre Premiá del Mar y Mataró.«Vi la luz y podía escoger. O seguir esa luz o seguir la vida que llevaba antes. Decidí que me interesaba más la luz» (Peret en el documental Yo soy la Rumba, 2018).

Al llegar a su destino Peret comenta alterado su experiencia a la Chana y será ella la que le conduce a la Iglesia Evangélica de Filadelfia.

Ese mismo año Gato Pérez compone y edita la canción Contacto Cercano (Prohibido Maltratar a los Gatos, EMI, 1982):

«De sopetón me encontré con una luz extraña, de sopetón me encontré aquella madrugada. Desde aquel día miro al cielo con mucha más curiosidad y me pregunto seriamente si todo aquello fue verdad».

Cuentan que hubo multitud de avistamientos de objetos volantes en Cataluña en aquella época. Lo que para Peret significó un encuentro espiritual, para Gato Pérez fue la inspiración para componer una canción; entre tanto nuestra protagonista, La Chana, luchaba por su vida y su arte.

La Chana inicios

Toma 2. La Chana: "El Documental y una foto color sepia"

“Un gitano malo me quitó cuando estaba en toda la fama” dice La Chana en el trailer de un documental que apenas se detiene en los malos tratos y los golpes que sufrió hasta que abandonó el baile cuando estaba en la cumbre de su carrera hacia 1980. Volvió al mundo en 1985 con la ayuda de Peret, entonces pastor evangélico y volvió a triunfar en las cumbres flamencas.

El documental habla de la redención del arte, de la vida recuperada. La película triunfa en los festivales por donde pasa. Angel Rojas la presenta en mayo del 2017 en Madrid después de vencer las últimas resistencias de la bailaora: “es que tengo 70 años”.
-En una silla no tienes edad, dice Angel Rojas que dirige un espectáculo único, revelador.

La primera imagen es para enmarcar. La Chana está sentada, detrás componen la estampa: Rancapino, Eva La Yerbabuena y Antonio Canales la escoltan con la misma dignidad con la que encontramos a los ancestros en las fotos color sepia. Rocío Molina está a sus pies, La Chana acaricia su cabeza sin perder el aire de emperatriz que ha vuelto para ocupar su trono.

Son tres generaciones del baile y una voz eterna. Tres estilos, tres creadores que reivindican su figura: Antonio Canales, Eva la Yerbabuena y Rocío Molina. Rancapino arranca un cante con la voz malherida y ahí es la humanidad entera la que intenta compensar los años de silencio impuestos por el machismo.

Toma 3. El libro

La Chana Bailaora (Capitan Swing, 2018) sigue los pasos del documental y expone de forma admirable la biografía de Antonia Santiago La Chana.

Hay una contradicción en entrevistar a un personaje que acaba de dictar sus memorias. La lógica dice que no hay mejor semblanza que la de un buen libro y La Chana protagoniza un libro magnífico, pero no se pueden vender libros sin promoción.

El caso es que los periodistas hacemos cola ante la puerta de su habitación de hotel y tienes un rato para refrendar lo que aparece negro sobre blanco. Un libro hermoso en la edición y en el contenido. Antonia Santiago La Chana nació con un don y una obsesión, su misión en esta vida era el baile. Superó dificultades y barreras familiares (su padre estaba en contra) hasta que un día escuchando la radio descubrió que además de la velocidad del taconeo existían unas leyes en el compás.

La Chana aprendió a bailar sola, atando los cabos que le unen con el universo.
Antes de su presentación en Madrid el periodista no había visto bailar a la Chana, no había visto la secuencia de la película con Peter Sellers (El Magnífico Bobo, 1967), no sabía que se le abrieron las puertas de Hollywood, no había visto esos videos de TVE donde baila con el cante de El Indio Gitano y José Mercé con el pelo cortado como un recluta.

El libro escrito por Beatriz del Pozo, maestra de baile flamenco y pianista, muestra el talento natural de La Chana, la consagración en el arte flamenco y la reclusión sufrida por su pareja, un hombre que la apartó de los escenarios. La Chana no lo nombra, a veces lo llama X, a ratos dice “el padre de mi hija”. Asegura que lo ha perdonado. El libro sigue la senda del documental de la croata Lucija Stojevic, es decir se centra en La Chana, se habla del drama sufrido en vida, pero se habla de su arte.

Me avisan antes de entrar en su habitación de que La Chana no tiene una buena tarde, le duele la pierna, me dicen que un entrevistador sufrió su furia. Ella se plantó y no quiso contestar más preguntas.

Acabo de atravesar el umbral de la puerta y la escucho.

-¿Por qué tarda tanto? dice Antonia levantando la voz
-Ha sido culpa mía, contestan justo en el momento en que aparece una camarera con un té.

Me salgo de la habitación para no provocar la escena de camarote de los Hermanos Marx. Al fondo La Chana posa sentada en una silla ante una fotógrafa que trata en vano que la bailaora le haga caso. La Chana posa altiva, debería de ser suficiente para cualquier reportaje.

Toma 4. La entrevista

Es mi turno, me siento frente a La Chana, pero aún soy transparente. Ella sigue con sus cosas mientras la fotógrafa repasa el trabajo.

-Vaya, tienes los ojos cerrados, dice.
Es que yo para bailar cierro los ojos. Ya te he bailao… contesta.

La conversación con la fotógrafa continúa con un tira y afloja. Y acaba con un “Dios te bendiga”. La Chana está sentada en la penumbra de una habitación de hotel cerca de Atocha, la ventana está abierta y el intenso tráfico madrileño se cuela en la conversación. Me cuenta su agenda de la semana, una medalla aquí, la presentación del libro en Nueva York. Llama a su marido Félix para que le acerque un poco de azúcar y su pareja acude con una delicada discreción.

-Pregunta: ¿Qué ha sido lo más difícil?, ¿el libro?, ¿el documental?, ¿volver a lo escenarios?
-La Chana: No ha sido difícil nada. A ver… ha sido difícil para la directora del documental Lucija Stojevic… todavía no lo digo bien (pero ha sonado con acento de los Balcanes). Venían mucho a casa (con Beatriz la autora del libro), yo les hacía paella, yo las veía jóvenes y con ilusión. Yo no pensaba que iba a presentarse a ningún sitio que le iban a dar premios. Yo de cine no sé, yo sabía de contratos de baile. Tardamos 4 años en hacer la película fuimos al festival más importante y ganó. Yo cuando la vi la película no me gustó nada. Yo estaba acostumbrada a ver videos en mi casa y lo veía como uno más. Lo que pasa es que ahí dice algo de una historia… y ella con la cámara lo da a entender… sin yo querer decir… porque lo que se ha dicho es suficiente… Lo demás queda entre Dios… yo… y el padre de mi hija.

Antonia le pide a Félix algo para merendar. Tengo azúcar, pero estoy bien estoy muy fuerte y Dios me mantiene.

-¿Y volver a los escenarios?
-Eso es más fuerte, porque tienes que estar fuerte, el corazón late si no estás bien. Me han operado del pie, me han operado de una cosa de muerte, tengo soriasis reumática, tengo la tensión alta, tengo el azúcar… Antonia hace una pausa y exclama con alegría: ¡Tengo de todo! Pero no me importa…¡es Dios el que me lleva1 Él hace que compita con los más fuertes. Yo no voy de competición porque voy con la fuerza de Dios y lo hago para hablar de Cristo. Nos dio la vida. Murió por nosotros; ya es hora de ponerle un poquito de atención. Yo hablo de él sino no bailo, es mi condición.

-En el libro me ha impresionado como siendo una niña usted era consciente del poder de su baile.
-Yo sin ver y sin saber al escuchar el compás… porque yo no he tenido referencias de nadie; de nada ni de nadie. No había tele, estábamos con velas y con candil y con carburo porque alguna casa tenía luz pero esos eran casi ricos. Te estoy hablando de hace más de 60 años, en la posguerra. Yo dije: “no me gustan estas dificultades”, porque un niño también piensa. Yo dije “yo voy a bailar” porque yo creo que nací para bailar. Lo creo, seguro. Y entonces cuando escuché en la radio el compás salía al campo a bailar. Bailaba en el suelo de barro, duro y sonaba porque tenía mucha fuerza, ¡bailar con alpargata en un ladrillo macizo de tierra roja!

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