MJ

Nicky no puede quedarse quieto. Ni siquiera cuando posa para una foto, mucho menos cuando conversa. Te saluda y se despide con una mueca, retorciendo los labios, agrandando los ojos tanto que se le brotan. A sus 67 años tiene una energía envidiable y le gusta cocinar tanto como le gustan las redes sociales.

Nos encontramos en Harlem, una tarde de invierno con frío soportable. Como habíamos acordado hacer también una sesión de fotos, caminamos por varios lugares empezando por el Museo del Barrio, bajando después a Central Park. En cada esquina nos detenían. “!Nicky, una foto, por favor!!!”, dijo primero un obrero que soltó su maquina pesada para abrazar al músico. Luego lo mismo con una guardia del parque. Otros lo invitaron a bailar esa noche en el Mamajuana. A todos, Nicky les sonreía, decía sí, claro, sí. Y luego me confesaba en un susurro, “Yo no los conozco, ellos me conocen a mí”.

Pero Nicky prefiere no salir mucho, a menos que sea para tocar. Trabaja principalmente con la orquesta de salsa de Eddie Palmieri, a veces enseña y pasa mucho rato con su esposa. Lleva una vida más tranquila después de agitadas décadas que no en vano lo convirtieron en el percusionista puertorriqueño —de descendencia— más grabado en la música latina. Y hay mucho más. Empezó a los quince años y su sonido ha impregnado también otros hemisferios musicales, como el de Nina Simone o el de George Benson. Con Palmieri arrancó desde que era un adolescente y de ahí ha pasado por casi todas las orquestas salseras y de jazz latino más importantes: la Típica 73, el Grupo Folklórico y Experimental Nuevayorquino, la Orquesta Harlow, el Conjunto Libre, Machito & sus Afro-Cubans, la Típica Novel, Fort Apache Band, la Fania-All Stars, la de Chucho Valdés. Y la lista no es corta.

Un disco magnífico —uno de los muchos— en el que su sonido en los timbales le impide a uno quedarse sentado, es el que grabó con Ismael Quintana en 1977, Amor, Vida y Sentimiento. Uno de sus predilectos, que es también favorito mío, es Live in Africa, de 1986, con la Fania-All Stars. Ese es un disco que, a veces, todavía escucha. Por lo demás se queda con las viejas charangas y sigue siendo un fiel radio oyente. Durante años cargaba una pesada radiola en su morral y dice que por eso sigue cargando un morral enorme, aunque la radio la lleva en su iPhone. Cuando le pregunté que entonces qué tanto llevaba en ese morral que pasaba re acomodándose en su pequeña espalda a punta de saltitos, primero contestó que todo el mundo le hacía la misma pregunta. Supongo que nadie puede ignorar que el morral le pesa horrores. “Llevo baquetas”, dijo luego estirando la sonrisa y enseñándome todos los dientes. No pude saber qué más. Pero lo importante es que durante nuestra conversación pude ver algo de lo que él lleva y es.

Recuerdas ese primer momento en el que supiste que querías tocar percusión, ¿cómo fue?

Para mí todo empezó como para muchos músicos de mi generación: en casa. En casa. Es que había muchos motivos para hacer fiestas, que la navidad, que el día de santos, que los cumpleaños. Siempre había un cumpleaños y si no, nos lo inventábamos, y eso significaba fiesta y la fiesta significaba mover todos los muebles y acomodar la casa para recibir amigos con instrumentos y hacer música. Oh, y comer deliciosa comida puertorriqueña. Y en mi casa teníamos maracas, guiros, guitarras, un par de claves. Así que eso era lo que mis tíos me dejaban tocar. Yo no me podía quedar quieto, siempre tenía curiosidad, pero la guitarra no me causó mucho interés porque me parecía que tenías que poner los dedos de tal forma que ¡ay, Dios mio!, sí que dolía. Y lo que me gustaba realmente era el sonido que salía del golpe. Golpe y reacción, ¡zas¡ También me atraía la idea de acompañar a alguien mucho más que la de protagonizar y acompañar, eso es lo que hace la percusión.

Y tu primer trabajo como músico en el que ganaste dinero… ¿Lo recuerdas?

¡Cómo no, si gané cinco dólares! Y los cinco dólares se supone que eran para todo el grupo de seis músicos, pero ellos no supieron que cobré (risas). Yo tendría unos catorce años. El gig fue en el Club Cubano, en el Bronx. Apenas iba a entrar al High School, pero mi prima mayor salía a bailar a este club y yo muchas veces la acompañaba. Por mi edad se supone que no deberían haberme dejado entrar, pero entonces nos inventamos una técnica: me pintaba un bigote negro muy bien pintado, eso sí, y luego pasaba detrás de ella.

No te creo que era tan fácil…

¡Si el sitio era oscurísimo! Así que los guardias ni me miraban y así fue como pude empezar a escuchar las bandas más fantásticas, siendo un niñito disfrazado de grande. Y así también fue como conseguí el gig para mis amigos y para mí. Lo malo es que sólo teníamos una canción. Pero lo hicimos y me gané ¡Cinco dólares!

¿Estudiaste música formalmente?

No. O sí y no. Es decir, no fui a una escuela, pero siempre tuve profesores particulares. Pero la forma en la que mejor aprendí fue escuchando en cubes a los grandes.

Alguna vez te escuché decir que no entendías cómo un percusionista puede tocar sin saber cómo bailar… ¿siempre bailaste? ¿cómo relacionas baile y percusión?

El baile es la esencia de la música africana. El baile y la percusión están estrictamente relacionados. No sé cómo puedes ser buen percusionista si no entiendes la química del movimiento, o mejor dicho, no creo en esos percusionistas. El ritmo viene de lo africano y siempre ha estado asociado al baile aunque no sea ese el propósito final de la música. Hay un matrimonio entre el ritmo y el baile. Primero bailas, luego tocas. No bailas, no tocas. Simple.

Dijiste alguna vez que para aprender es muy importante imitar, imitar e imitar, quizás hasta el punto de robar…

Claro, así empecé yo. Era muy joven y no podía ir siempre a los clubes a ver a los percusionistas que me gustaban, pero mi madre y mi padre, especialmente mi madre, frecuentaban mucho los teatros latinos. Era una época en la que en estos teatros podías ver varias funciones combinadas en una misma noche: funciones de acrobacia, comediantes, cine y música. Así fue como tuve la oportunidad de ver algunas bandas, sobre todo al Gran Combo, que por una época fue la banda local en el Teatro Puerto Rico. Tito Puente y Tito Rodríguez también tocaban allí. Yo era un niño cuando veía todo esto. Me fascinaba, sobre todo cuando veía a un líder de la banda que tocaba percusión, como Puente o Rodríguez con sus timbalitos… y lo que más me fascinaba era las luces y cómo esas luces encandilaban los rostros de los músicos y les daban un aura casi angelical. Eso lo volvía todo más excitante. Y en esa época la música era increíble y mucho más acústica. No como ahora que con todos esos amplificadores nos están volviendo sordos. Además, en mi familia había varios coleccionistas de discos y por lo mismo una buena vitrola. Así es que me dediqué primero a escuchar y por reacción natural a imitar e imitar.Imité a Puente, a Willie Bobo, a Manny Oquendo, a Kako, a Guillermo Barreto. Trataba de imitarlos a todos, de modo que mi primer estilo, por decir, fue una mezcla de cosas robadas de muchos.

Empezaste a imitar a Tito Puente, pero también estabas escuchando y aprendiendo de Manny Oquendo, que fueron dos músicos completamente diferentes en estilo, visión y sonoridad… ¿qué te dejó cada cual?

Manny también tocaba bongos. Y fue escuchándolo a él que empecé a aprender a tocarlos. Fui bastante rápido. De él también aprendí la mesura. Es una lección entender que a veces hay que ir con calma, sobre todo cuando a uno le gusta alborotarse. De Puente, aprendí todo lo demás. Una cosa difícil fue disciplinarme porque siempre he sido muy inquieto y saltarín. Pero a lo que iba aprendiendo, empezaba a añadir mis cosas, y así fui inventándome.

Sueles decir que el líder con quien más te gusta trabajar es Eddie Palmieri, Háblame de esto y de tu trabajo con él.

Desde que escuché por primera vez la música de Palmieri quedé enamorado. Y por eso empecé a estudiarla y a memorizarla. Cuando tenía 16 años y apenas iba a empezar el High School ya estaba tocando con la banda de Willie Colón. Por esa misma época Manny Oquendo, que era el timbalero de Eddie, acababa de dejar la banda. Colón me recomendó y Palmieri me dio la oportunidad. ¡No podía creérmelo¡ Pero pa’mi madre fue peor, casi le da un infarto cuando le conté que iba a estar tocando seis noches a la semana y en clubes nocturnos. Entonces yo le repetía con desespero, pero madre ¡Es con Eddie Palmieri! ¿Entiendes? Así que mi madre le dijo a Palmieri, ¿quieres a mi niño para tu banda?, Okey, pero tú lo recoges en la casa y lo traes de vuelta a la casa. Yo moría de la vergüenza, pero Palmieri lo hizo y así fue como se convirtió en una especie de figura paternal para mí. Todos los músicos de la banda me llevaban de 20 a 30 años. Los chicos del barrio me envidiaban. Palmieri tenía mucho estilo y me recogía en un carro deportivo chulísimo. Cuando entré a la banda era de las mejores que había: tenía a Cachao, a Barry Rogers y a todos los grandotes. Y mientras estuve ahí, en esa época, pasé por los menos por unas 15 secciones de ritmo diferentes, porque muchas personas diferentes pasaban por la banda. A Palmieri le gusta cambiar de músicos con excesiva frecuencia. Así que toqué con diferentes congueros, diferentes bajistas… Creo que encajé muy bien porque ya conocía la música de Palmieri y no sólo con la cabeza sino con el corazón. Yo era el niño de la banda. Y eso era un reto porque tenía que tocar como un adulto y asumir esas responsabilidades. Pero Palmieri fue un maravilloso mentor.

La última vez que escuché a Palmieri en vivo salí con dolor en los oídos… me preguntaba cómo le hacían ustedes para entenderse con ese volumen del piano…

Bueno, él está medio sordo y lo sabe. Y siempre ha sido un poco así, siempre le ha gustado tocar durísimo, sentir el sonido en los intestinos y cuando se junta con otros, como De la Fe… Ay Dios… pero es algo que todos le hemos dicho, con respeto, claro, siempre. Lo que pasa es que ahora se ha puesto peor.

Tocaste con casi todos los músicos de salsa que han vivido o pasado por Nueva York, pero también has hecho jazz. Y hay un disco muy conocido y muy bonito, Portrait of Jenny, que lideró Dizzy Gillespie, y en el que también está ese gran percusionista que fue Patato… ¿cómo surgió está grabación?, y ¿quién era Jenny?

Llegué a esa grabación porque tocaba con Patato, especialmente en las fiestas de guaguancó. Éramos compañeros en la santería y solíamos ir a las rumbas en las que tocábamos juntos. Su esposa Julia era entonces mi madrina (en la santería). Pero simultáneamente estaba colaborando en muchos trabajos de estudio con Jorge Dalto y con Kako y así fue como llegué a Gillespie. Gillespie era muy divertido y tan payaso como yo. Pero ese fue más bien un trabajo de estudio. No se hicieron muchas tomas y creo que salió muy bien. ¿Jenny? Ni idea, sigo con la duda.

Tienes también varias grabaciones con Nina Simone, ¿llegaste a trabajar con ella personalmente o fue más bien un trato indirecto de estudio?

Fue estudio. Yo era parte de la unión de músicos y como parte de eso a veces te llamaban para hacer trabajos de estudio, por recomendaciones y así es que como me la pasaba yo metido en el estudio y grabando de todo. A Nina la conocí poco, pero era medio difícil de tratar.

¿Y de tus comienzos con Fania? Lo que se sabe es que la banda de Barretto se estaba disolviendo y Orestes Vilató, que era entonces su timbalero y también el de Fania, había tenido tremendo agarrón con Barretto, entonces parece que Barretto le dijo a Masucci que él no grabaría más con ellos si Vilató también estaba ahí… luego te llamaron a ti, que eras bastante joven. ¿Así fue la cosa o me equivoco?

Pues tú te sabes la historia mejor que yo, así como me ha pasado con muchos colombianos cuando voy a Colombia. Siempre descubro que ellos saben más de mis grabaciones que yo mismo. Y no te lo digo por halago, no, es que Colombia es mi lugar favorito para ir a tocar porque el público de verdad conoce nuestra música y la admiración les sale del corazón. La gente baila con un gusto que en pocas partes del mundo he visto. Y la gente que sabe de esta música, sabe de verdad. Pero bueno, volviendo al tema, sí, así empezó todo. Casi todos los miembros de la banda de Barretto lo dejaron y Baretto pidió a los de La Fania que buscaran a otro timbalero. Ese fui yo. Tenía 24 años.

Háblame de tu experiencia con Fania.

Bueno… ellos se aseguraban de que lo tuvieras todo. Se aseguraban de tenerte cómodo y con todas las cosas necesarias para las grabaciones y conciertos. Planificaban todo muy bien, si necesitabas instrumentos te los daban. Yo siempre llevé los míos, pero ellos te ofrecían buen mantenimiento. ¿Problemas? Claro, siempre hubo problemas con dinero, con regalías, con pagos. Pero eso nos pasó a todos. Lo realmente bueno de trabajar con ellos es que se lograron grabaciones realmente memorables, como la que hicimos en vivo en África.

Ahora que hablabas de tu relación con Patato me dejaste pensando en esa etapa de inmersión que viviste en la religión Yoruba. Cuéntame más de esto…

Crecí en una familia católica. Yo era un católico que no practicaba la religión y sólo rezaba cuando me metía en problemas… que era bien seguido (risas), pero igual, tenía más bien poco de religioso. Por amigos de amigos terminé metido en las cosas de la santería. También porque desde pequeñito viví enamorado de la música cubana y creo que todo el que se pone a explorar en eso bien a fondo termina involucrado en lo Yoruba, o al menos se pone muy curioso. La música cubana y la religión son inseparables. Yo tuve mucha fortuna, era fuerte y no me dejaba influenciar fácil pero tengo que aceptar que la Yoruba es una religión pesada, en buen y mal sentido, y que acarrea muchas responsabilidades que para ser honesto no iban con mi estilo de vida. Hay un lado de la religión que te sorprende, te anonada y te seduce como imán, pero hay otro lado que, por lo menos a mí, me daba mucho temor.

¿Conociste este mundo antes o después de ir a Cuba? Qué recuerdas de ese viaje y de esa grabación que hiciste con la Típica 73 en Cuba…

Con la santería empecé mucho antes de ir a Cuba. Creo que para todo el que ama de verdad la música cubana, Cuba resulta una experiencia transformadora. A mí me encantó, especialmente porque es el lugar de donde viene la salsa y digan lo que digan, eso es lo de verdad verdad. Tuvimos la oportunidad de conocer a músicos famosos de esos discos que uno tanto escuchaba en casa y que desearía ahora mismo recordar pero es que ya nombres no recuerdo. Sé que el disco que hicimos salió en el 79 y también que es uno de los más sabrosos que grabamos con la Típica 73. Fue realmente una sorpresa darnos cuenta de que los cubanos también sentían genuina admiración por nosotros.

Nunca estuviste con una sola banda… siempre trabajaste con muchas a la vez y en distintos formatos, ¿consideraste alguna vez ser tú el líder y llevar un formato en particular?

Mientras pude elegir, siempre dejé unas cosas por otras. También siempre he sido muy flexible y he podido tocar en distintos formatos. Me gusta la variedad. Siempre he fabricado mis propias baquetas y soy muy cuidadoso a la hora de elegir mis campanas. Soy jodón, por decirlo de algún modo, y armando mi instrumento y explorando sonidos también lo soy. Trabajo siempre en la búsqueda de un sonido propio, pero no de una banda propia. Creo que hasta ahora es que lo he venido considerando y me gusta la idea de la charanga tradicional, como con un sonido de big band, que es el sonido que más me atrae.

Y es que trabajaste con muchas de las big bands más destacadas, como con la de Machito, que no sé si estés de acuerdo conmigo pero que me parece, fue es y será la más particular y más importante del jazz latino… ¿cómo fue tu experiencia con Machito?

Estoy totalmente de acuerdo contigo. Una maravilla de maravillas de orquesta. Pero Machito fue, definitivamente, el líder más difícil de tratar. Las políticas de la banda eran bien estrictas. Había mucha tensión en el grupo. Machito era extremadamente delicado y a veces hasta resultaba cruel, por su misma actitud perfeccionista. Siempre que teníamos un descanso entre sets, para avisarnos que ya teníamos que volver al escenario, venía con su vozarrón a gritarnos, «ok ok, las vacaciones terminaron”, decía, y juntaba ambas palmas y fruncía el ceño… su manera de decirnos las cosas casi nunca era amable y casi nunca tenía una sonrisa para ti. Pero tampoco diría que era un tipo injusto. Además, supongo que tenía que ser como era para que la cosa funcionara como tenía que funcionar.

Y musicalmente hablando…

Musicalmente hablando, una cosa de otro planeta, increíble. Un lugar en el que aprendí mucho.

¿Y cómo es que te surge esa idea de introducir elementos propios de la batería americana, como la caja (snare drum) en la percusión latina, con los timbales? Tengo entendido que en un comienzo no fue una idea muy aceptada…

Una de las razones es, precisamente, que quería que fuera posible lograr, en cualquier formato, el sonido percusivo de una big band de jazz. Empecé haciéndolo primero, estrictamente, en el estudio de grabación, pero al darme cuenta del gran impacto que se generaba en la música, empecé a usarlos también en los conciertos. Y lo hice primero con la Típica 73, a finales de los 70. Pero también los usé con la Típica Novel y recuerdo que Willy Ellis, quien era el líder de la agrupación cuando yo estaba ahí, me reclamaba y se ponía furioso y me decía «eh no no no, esas cajas no se usan en una charanga, que estás loco” y mucho bla bla bla, pero al final le terminó gustando, o por lo menos dejó de molestar (risas). Es que me rechazaban la idea pero yo insistía hasta que la aceptaban, porque al final lo que toda buena orquesta busca es crear un sonido que pueda volverse reconocible, memorable y a la vez único. Y yo, «con mis locuras”, les estaba ayudando a generar ese sonido que ellos buscaban.

Diría que más que un sonido, creaste también un estilo. Estilo que hoy muchos están copiando…

Sí. Y eso es fantástico. Creo que es fantástico que se copien de uno. Eso significa que has hecho algo diferente y bien.

Y dime, en todos esos años de recorrido en la música, ¿tuviste la oportunidad de ganar bien con tu trabajo?, ¿ahorraste?

Lo hice en un comienzo y así fue como conseguí una casa y un carro. Pero luego, mi estilo de vida, ya tú sabes, no dejaba dinero libre pa’na (risas).

Hablemos de tu estilo de vida… que supongo no es muy diferente al que llevaban muchos músicos de tu generación…

¡Oh my God! Éramos terribles. Y terribles es poquito. Bebíamos, fumábamos, olíamos, bailábamos… siempre había mujeres alrededor…

Y vivían enamorándose…

¡Oh no, de ninguna manera! Salíamos con muchas chicas, pero eso no quiere decir que nos enamorábamos. Al contrario (risas).

Y ¿no te enamoraste de alguna música?

En la música latina siempre ha habido muy pocas mujeres. Y es machista pero es lo que vemos como normal. Salí con algunas chicas talentosas, pero uno no sale con una mujer por la música. Para la música está la música, ¿ves? Cuando eres joven y hombre y músico, siempre quieres lo mismo: sexo. No quise herir a nadie, pero a veces pasaba. Ya tú sabes, ella me decía, oh papi, quiero seguir viéndote y yo pensaba, ¿qué qué?, ¿cómo que tú quieres verme de nuevo?, ¿y para qué?… y a veces tocaba pedir la solidaridad de los otros músicos porque te llegaban hasta tres a la vez al mismo concierto. Pero el verdadero problema era que se enamoraran de ti. Y que te dijeran que te amaban, porque entonces ¿qué carajos decías tú?

Mejor que no digan nada. Ustedes son de lo peor (risas)

Sí. pero a ustedes no es que les guste mucho salir con «de lo mejor” (risas).

¿Entonces te pusiste serio cuando conociste a quien sigue siendo tu esposa?, ¿cómo se conocieron?

Bueno, yo había tenido otra mujer antes. A Eve la conocí cuando estaba tocando con Fort Apache, con Jerry y Andy González, un grupo con una musicalidad irrepetible. Tocábamos todos los martes en Fat Tuesdays, un club prestigioso de Manhattan. Y mi esposa estaba con su amiga, que ya conocía a Jerry. Yo andaba por mis treintas. Ella tocaba el acordeón cuando joven en una orquesta de acordeonistas, pero luego dejó la música. Y bien, sucedió que ella tenía que volver a Europa. Y también sucedió que me puse serio con ella. Así que como en esa época no había mucho para mí acá en New York, pues decidí irme con ella. Y me fui solamente para estar un par de semanas, pues no sabía cómo iba a ser la cosa en Europa, que parecía carísima. Pero a través de Andy González, una banda llamada Nueva Manteca, de Jan Hartong, me contactó para que los acompañara en un festival de jazz, como artista invitado. Ellos querían que Andy fuera pero como él ya estaba muy ocupado con el Conjunto Libre, entonces me recomendó. Y así fue que terminé allá. Cuando le conté a Jan que tenía planes de quedarme en Europa, él me ofreció que fuera parte del grupo. Jan era muy aficionado a la salsa aunque lo que más tocaba era jazz. Tuve suerte, conocí a un conguero que me dejó su apartamento. Y además, como Jan era profesor de conservatorio, me ayudó a conseguir un puesto para enseñar, así que bueno… ya tenía un salario… una casa, un grupo… una mujer… ya tenía razones suficientes para quedarme en Holanda.

¿Te gustó Holanda?, ¿te sentiste realmente satisfecho con la calidad musical y con la oferta de músicos?

Casi siempre toqué en bandas de jazz latino y de salsa, como Nueva Manteca y posteriormente, Conexión Latina. Y eso fue cool. También dictaba lecciones privadas. Y bueno, con respecto a los músicos, qué te puedo decir… ¡Pues que no es New York! Lo bueno y lo malo de New York es que te acostumbras a cierto sonido, a cierta intensidad y rigurosidad, que creo que no existe en ningún otro lugar del mundo. Pero la pasé bien y la única barrera fue el idioma, que me generaba un poco de insolación, pero sobreviví con el lenguaje de las señas.

Oh, ¡tú eres buenísimo con eso!

(Risas) Claro, si quieres te enseño. Además era importante mantener un buen sentido del humor. La risa es lo que siempre nos salva, ¿no? Y en general me gustó mucho Holanda, sí.

¿Por qué regresaste?

Mi padre estaba enfermo y pasando por una etapa de demencia. Vine a cuidarlo.

¿Y cómo encontraste la escena salsera de Nueva York al volver? Entiendo que empezaste a trabajar rápidamente con Larry Harlow…

Para finales de los 90 ya la cosa era bien distinta a cuando empezó, pero se seguían haciendo uno que otro disco interesante. No grabé con la Latin Legends Band de Harlow pero estuve un buen rato con él.

¿Es verdad que te despidió de la orquesta? ¿Y que eso te pasó con otros?

Bueno, en algún momento mis malos hábitos empezaron a generarme este tipo de problemas.

¿Malos hábitos con la bebida?… algo por lo que estaban pasando muchos de tu generación..

Claro, en algún momento fue terrible. Y lo más terrible es cuando empiezas a perder un montón de cosas. Trabajos, personas queridas, amigos, dinero… de modo que tenía que salir de ahí. Pero para ser sincero, por muchos años fue algo de lo que salía y volvía, salía y volvía y así. Es una enfermedad progresiva. Al comienzo no es tan difícil pero se va volviendo inmanejable. Además, yo conocía a todos los bartenders, y es que cuando eres famoso, o más bien, reconocido, pues, ¡todo te sale gratis! Y no era sino abrir la boca pa pedir The usual y conseguirlo. La culpa es de los bartenders (risas), que son expertos en fabricar borrachos.

Y cuéntame…¿cuál era tu Usual?

Cerveza. Heineken. Nunca fui muy fanático de las cosas fuertes, del ron o del whiskey o del scotch. Solamente si me lo hacían dulce, como con coca cola o algo así. También hubo una época en la que prefería la ginebra con jugo de naranja. Y la pasaba muy bien hasta que cruzaba la linea… ya tú sabes… entonces ya no tocas de la manera que es ni te vistes de la manera que es y eres un completo desastre.

Pero en ese momento no lo veías tan claro…

Oh, claro que no. Es lo que nos pasa a todos. Lo que le pasó a Lavoe. Siempre encuentras una razón para justificarlo. Ves al otro que está vuelto mierda, pero no tú. Ya sabes, la miseria ama la compañía. Los borrachos tienen muchos amigos… amigos pa´ beber, claro. Y sí, todo el mundo estaba haciendo la misma cosa, lo que pasa es que algunos abusamos. Nos abusamos.

¿Alcanzaste a meterte en líos serios?

Bueno… me di cuenta de la gravedad precisamente cuando empecé a meterme en líos serios. Manejando, por ejemplo. Estuve en la cárcel una noche por eso. Y sólo una porque la policía me conocía (risas). Ellos me conocían, no yo a ellos. Así que cuando estaba sacando mis cosas me miraron y me dijeron… ¿qué carajos estás haciendo tú aquí? ¡Estás borracho! Me trataron muy bien y me pusieron en una celda solito. Eso fue una bendición. Y también tuve suerte de que los policías no se quedaron con mi foto y eso hizo que no me dejara récord. Luego me pidieron que por favor no volviera (risas). Y al salir me mandaron a rehabilitación por un mes.

Y no volviste… puedes decir que es una cosa del pasado…

Ahora puedo decir que sí. Como lo he dejado y he vuelto y así sucesivamente, ahora voy a reuniones. Estaba yendo a una en el Bronx pero una de las organizadoras mencionó públicamente y con mucho entusiasmo mi presencia: miren quien está acá… ¡el famoso Nicky Marrero! Y eso fue estúpido, pues se supone que no se deben revelar identidades, así que ahora voy a otro y soy muy activo en el grupo.

¿Y qué haces cuando no trabajas?

Pienso.

Supongo que también piensas cuando trabajas…

Sí, pero ahí no tanto. Lo que más me importa de la música es el swing, y el swing no es algo que se piensa. Es algo que se siente y si tienes que pensarlo, pues ya no es.

¿Crees que hay una big band salsera a la que vale la pena ver hoy?

La única que se mantiene y quizás vale la pena es la de Steve Oquendo, que toca cada semana en el Mamajuana, en el Bronx. Pero es que no hay muchos lugares que contraten big bands, de todos modos.

¿Cómo ves la escena musical de las nuevas generaciones?

Hay muchos músicos calificados, pero que no conocen la cultura. Y sin conocer la cultura, no hay swing, no hay suficiente emoción y eso se siente en la música. Música hueca.

Pero no crees que no se trata solamente de la cultura y de saber cómo tocar sino de la coyuntura social y de lo que hoy implica lo latino en Nueva York…

Claro. Todo tiene que ver también con las estaciones de radio y con los productores y con lo comercial. Por eso tienen éxito el reggaeton y la bachata, porque hay mucho dinero ahí metido. Tienen algo así como lo que tuvimos nosotros con Fania, pero sin talento ni calidad.

¿Todavía compras música?

No. Durante muchos años la coleccioné. Hoy vuelvo a lo de siempre, que es, Oh, La Orquesta Aragón, Arsenio Rodríguez, Tito Rodríguez, Ray Barretto

¿La escuchas todos los días?

Casi. Y si no, es porque pienso.

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