En la Habana de los 50 la noche era bolero, la bohemia comenzaba en Santa Fe y continuaba en una docena de clubes con cantantes que cantaban al amor y al desamor. Olga con su voz de contralto desgranaba “sé que mientes al besar, y mientes al decir te quiero”. No en vano algunos le conocían con el descriptivo nombre del Olgasmo de Cuba y del mundo entero.

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En el Caribe son bien conocidos los huracanes. Todos tienen nombre de mujer y me resulta extraño que todavía no hayan llamado Olga a uno de ellos. Quizás porque ella en lugar de lluvias y desastres, repartía canciones con algunos rayos que caían con furia sobre los infieles.

En sus actuaciones ella gesticulaba y abría los brazos igual que los vientos y los tornados: como un ciclón. Y dicen los que asistieron a esos momentos que los espectadores, abandonaban los locales donde actuaba exhaustos como parejas que acabaran de hacer el amor. Las mujeres del bolero son así.

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Las canciones de esa geografía tropical húmeda y salvaje hablan de infidelidades, inútiles reconciliaciones, olvidos tan grandes como pequeños amores y muchas despedidas con palabras bastantes más fuertes que las que se dijeron al encontrarse. Dicen que era difícil, exagerada, que gritaba hablando e interpretaba con casi alaridos las canciones. Pero sería estúpido pensar que los rayos no deslumbren, que el trueno no haga ruido, que el desamor hable en voz baja o que la tempestad no haga olas. Nadie espera de ellos un alarde de modestia. Olga era la tempestad incluso repetida tras la calma.

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Adoro lo caribeño lo llevo sangre y en La Habana los boleros de maridos engañados sonaban en bares y cantinas, entre cervezas y cubiletes; pero los de Olga se escuchaban desde los bodegones del puerto a los salones exclusivos… Sus letras nunca son vulgares, los autores a los que cantó eran poetas. Ni las letras que ni las orquestaciones, hicieron nunca concesiones a lo chabacano. Dicen de ella que llegó al bolero desde el jazz con un estilo de aquellos que dejaban la piel casi helada.

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Agustín Lara dijo de ella ‘después del cielo, Cuba. Después de Cuba, Olga Gillot’, Nat King Cole dijo que aprendió a cantar en español con las canciones de Olga y el ‘Tú me acostumbraste‘ fue el himno de los locales gays en una Cuba en la que la diversión se paró por decreto.

Abría los brazos queriendo atrapar más que abrazar a todo el público que la escuchaba recitar aquellas canciones de desengaños y mentiras y que la revolución no podía permitir. Y si la tristeza estaba desterrada de la isla porque prometía un mundo feliz para todos, los cubanos que la cantaban estaban prohibidos y tuvieron que marcharse. El exilio de Olga dejó un vacío en el Capri que ninguna otra logró llenar porque era insustituible.

Olga Guillot no sólo era cantante sino que interpretaba, y con agresividad, porque no había otra forma de decir el abandono y casi escupiéndolo decía con fuerza “bravo, permíteme aplaudir, por la forma de herir mi sentimiento” y entonces los que tenían la suerte de oírlo se rompían las manos aplaudiendo.

Olga, nos enseñó lo difícil que es ser “la otra”:

Soy lo prohibido

Soy esa fiebre de tu ser que domina sin querer

Soy lo prohibido

 Soy esa noche de placer la de la entrega sin papel

Soy tu castigo

Porque en tu falsa intimidad en cada abrazo que me das

Sueñas conmigo

Por cosas así, mi santoral está repleto de mujeres que saben lo que dicen y cómo se dice.

 

 

2 comentarios

Qué títulos, qué fuerza…, que maravilla de VOZ y de SENTIMIENTO…, escucho sus canciones y se me erizan los pelos como alambres de espino… se me va el pitido y busco entre vuestros archivos una sesión Olga… Vendrán más huracanes pero el que se llame Olga será memorable. Gracias siempre…

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