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“Querer es sufrir”. Esta sentencia que podría hallarse en cualquier letra de una copla popular constituye la clave de bóveda del sistema filosófico de Unamuno, o quizás no. Ese filósofo era tan español que escribió “El sentido trágico de la vida”, que conocernos no debía conocernos mucho. Pienso que tenemos un sentido mucho más “sálvame” que “trágico”. Algo así como una tragicomedia, aunque bueno, ya lo decía Woody Allen: la comedia es la tragedia más el tiempo.

Las coplas siempre me han parecido pura filosofía. También hay coplas que se han adelantado a la liberación de la mujer:

Nada te debo, nada te pido/
me voy de tu vera/
olvídame ya/
si has pagado con oro¿mis carnes morenas/
no mal digas payo, que estamos en paz.

Y esta otra un poco antigua ha cobrado un sentido más que real:

Yo soy la otra, la otra/
que a nada tiene derecho/
por no tener un anillo con una fecha por dentro.

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Ni todas las coplistas fueron la otra, ni mucho menos se clavaban dagas en el pecho por el desconsuelo. Ellas cantaban las desgracias pero, vamos, que no siempre pasaban el valle de lágrimas de la Pantoja. Las hubo mucho más zalameras y resueltas, como Estrellita Castro que decía: “Para mí, la felicidad consiste en la risa. ¡Poder reírse a todas horas!, ¿se da usted cuenta de lo que eso supone? Pues supone tener salud, tener dinero, tener alegría, tenerlo todo… ¡Que me dé Dios a mí una mijita de risa siempre y le aseguro a usted que con eso sólo seré la mujer más feliz de la Tierra!”. 

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Hay algo que me encanta de las folclóricas: todas ellas se crearon a sí mismas. Eran mujeres transgresoras que se ponían al mundo por montera y nunca mejor dicho, porque algo tan retorcidamente masculino como los toreros, sucumbieron todos a las mieles de la copla. Y eran las más modernas y no como tantas otras que por ir de modernas siempre fueron carcas. No, nada que ver. Hoy nadie niega que fueron las más modernas porque eran endiabladamente auténticas:  tenían la lengua afilada como una serpiente de cascabel (sino recuerden a la pobre Parrala que la pusieron verde con eso del amante) pero ellas lo cantaban todo con esa sonrisa pícara y con gestos de complacencia que hasta las señoras más puritanas de la época tarareaban coplillas de cuernos mientras pretendía rezar el rosario. Ironías de la copla.

 

 

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