Ella era blanca y existencialista, él era negro y trompetista. Ella vivía en París rodeada de intelectuales y poetas. Él era americano de Illinois y llegó para tocar en el Pleyel. Los dos eran muy jóvenes. En aquél París de ambientes de humo y canciones todavía  era posible todo.

Fue una verdadera historia de amor entre hoteles y noches intensas. Juliette Gréco y Miles Davis es de esas historias tan extraordinarias como las canciones de ella y los sonidos de él. En la emocionante historia, intervienen el amor más puro, la pasión más otros elementos menos agradables; el racismo, la censura y los cambios sufridos por el mundo en el último siglo. Era el año 1957, Juliette declaró “Entre Miles y yo hubo un gran historia de amor, del tipo que le desearías a todo el mundo viviera.

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Se habían conocido en una cena multitudinaria, en la que surgió un flechazo que duró a lo largo de sus vidas. Dos meses antes de morir Davis, se vieron en París y ella le preguntó si no se había arrepentido de haberle dejado. Miles se rió y contestó: «no importa el día o el rincón del mundo donde yo estuviera. Allí siempre estabas tú».

Él no hablaba francés y ella no hablaba inglés.  Sin embargo en el idioma del cuerpo y el amor eran bilingües. Y de escalas amorosas, sabían algo.

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El flechazo fue irremediable cuando vio a Miles. Le pareció una escultura con una cara de gran belleza. Más allá de ese impacto físico,-o quizás antes- estaba el genio. Era un artista que te golpeaba directo al corazón. Tenía según cuentan, una armonía tan inusual entre el hombre, el instrumento y el sonido que resultaba arrolladora. Miles era un espectáculo en sí mismo. Pero aquél amor resultaba más  difícil que un solo de trompeta.
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Y es que Miles Davis sabía que, en los años 60, la sociedad americana no habría aceptado el matrimonio entre un famoso músico negro y una cantante blanca francesa. Juliette Gréco relata cómo una noche, Miles había reservado una suite en el Waldorf-Astoria de Nueva York, donde la invitó a una cena suntuosa. Las caras de burla y los comentarios irónicos de los camareros, estropearon aquella velada, en la que el músico acabó llorando por la humillación sufrida.

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Miles Davis renunció a ella porque dijo que la quería demasiado para hacerla infeliz. Fue de esos grandes amores que resultan más intensos porque son imposibles. Davis no era precisamente un hombre fiel y cuidadoso con sus mujeres.

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Quizás con Juliette, hubiera tenido que dejar de lado muchas sustancias y otras notas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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