Basquiat fue el niño radiante, el artista al que sangraban sus galerías a cambio de una dosis, al que encerraban para que pintara frenéticamente y así vender sus cuadros todavía frescos. El amigo y colega de Warhol, un músico que creó la banda Grey en la que tocaba los teclados y el clarinete. El que inventó el graffiti. Amante del hip-hop, del jazz y de Madonna. El que tenía todo el arte contemporáneo en su cabeza con rastas.

Nueva York la ciudad que nunca duerme, en los 70 y 80 era una ciudad verdaderamente cosmopolita, bohemia, donde se ponen de moda los enormes lofts y en la que habitan mayor cantidad de artistas por metro cuadrado. Todo es energía, todo puede puede ocurrir. Una ciudad en la que uno puede ser quien quiera, por muy raro que sea. Ese Nueva York arquetípico fue en el que vivió, el que le hizo ascender a los cielos y bajar a los infiernos.

Basquiat empezó su carrera pintando en las paredes con el nombre de SAMO©, que significa «SAMe Old shit» (la misma vieja mierda). Pero influido por la música y sus ancestros caribeños y africanos, llegó a ser un poeta visual. Su obra grafitera es mucho más complicada de lo que un análisis superficial puede hacer pensar y está inspirada en múltiples referencias: artistas contemporáneos como Picasso o Pollock, la música del jazz, la cultura del África primitiva e incluso el abuso de la heroína.

Ha sido el artista contemporáneo más joven en competir en las subastas con los picassos o van goghs. Con 21 años ya era uno de los artistas más cotizados del momento. Basquiat es hijo de su tiempo. De esos 80, que se movían entre lo sublime y lo hortera, entre lo profundo y lo banal. Murió con 27 años, hoy sus obras alcanzan 27 millones de dólares.

Es otro de los pertenecientes a mi santoral.

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