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Marina Abramovic fue una niña difícil. Y de esa dificultad hizo virtud. Se dedicó a poner sus rabietas en clave de performances. Consciente de que su nariz era demasiado grande y que su madre -guerrillera serbia con mando en casa- le prohibió operarse, no se le ocurrió otra manera de hacerlo que estrellarse contra la pared. La cosa no acabó como ella quería. Decidió entonces que lo que le posibilitaba hacer locuras y no pasar por loca era el arte. De mano de Ulay, artista como ella formaron una de las parejas más conocidas de los 70’s. A partir de ahí, todas las ocurrencias de Abramovic fueron espectaculares.

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Separarse no es dejar de amar y no siempre sabemos si lo hacemos por las razones adecuadas. Marina Abramovic y Ulay tuvieron una apasionada relación amorosa en la década de los 70’s. Cuando sintieron que se extinguía, hicieron un pacto: recorrerían 2000 kms de la Muralla China, cada quién desde un extremo para encontrarse en el centro, darse un fuerte abrazo y no volver a verse. Un adiós muy trabajado, sin duda.

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También se dibujó la estrella de David con un cuchillo en su vientre. Pasó dos meses expuesta y sentada en una silla sin moverse y sin articular palabra, recibiendo al invitado que quisiera sentarse enfrente de ella y aguantar su mirada. Fue el espectáculo más visto en el MoMA de Nueva York. Artistas, niños, ancianos, todos pasaron por la silla enfrente de Marina. Y los que no estuvieron no existían.

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Después de décadas se ha convertido en la estrella más mediática de la escena artística. Tiene ahora mismo una obra dirigida por el gran Bob Wilson, Vida y muerte de Marina Abramovic en la que se cuenta su vida y celebra su funeral a modo de musical, con Antony and the Johnsons. La artista parece estar en todas partes últimamente y se habla mucho y bromeando sobre el riesgo de la sobreexposición por la retrospectiva del MoMA, sus frecuentes apariciones en galas artísticas, performances y la amistad con Lady Gaga. Incluso hay un grupo sin ánimo de lucro, con el lema «Stop Marina Ahora«. Y es que cualquier día irá a la apertura de un sobre.

Ella dice que ha escuchado el rumor pero «lo que realmente me salva de todo es que mi arte ha sido ridiculizado por décadas, y cuando comencé en la década de 1970, los profesores de arte pensaban que «tal vez hay que ingresarla en un hospital mental.» Marina con sesenta y siete tacos muy operados -ahora, sí- se considera la “abuela de la performance” y consigue audiencia y premios en el mejor momento de su carrera.

 

 

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