Luis Ospina y Carlos Mayolo

Ya lo verás, que me voy a alejar, que te voy a dejar y que no volveré.
Ya lo verás que esta vida fatal que me has hecho llevar, la tendrás tú también.
(Leo Marini)

Luis Ospina ya no camina entre nosotros, pero está. Sus pasos ya no tendrán que lidiar con la carga de arrastrarse por el suelo de una vida fatal y de una muerte ineludible, pero nosotros sí que todavía podemos recurrir a él. Quedó claro durante las más de 100 proyecciones de la onceava edición del Festival Internacional de Cine de Cali, en las cuales el último sobreviviente de esa triada conformada (además de Ospina) por Carlos Mayolo y Andrés Caicedo, dijo una y otra vez en la pantalla que la muerte es la ausencia de memoria y al menos a través de su obra, queda la opción de volver a él, las veces que se quiera. 

A esta Cali, ahora huérfana de una de sus figuras míticas en el cine, le queda el consuelo de su nostalgia, el retrato de la cultura caleña vista desde sus ojos de espectador, de voyerista de la realidad que le pasaba en frente. Alguna vez Ospina expresó sobre su condición de asistente de la vida que vivía con sufrimiento y temor, que su refugio más grande cuando era un niño —y que de hecho lo acompañó toda la vida—, fue la música. Es por esto que para esta edición, que es la primera sin su presencia física, nos propusimos perseguir las huellas musicales de su obra, de su vida personal, y el espíritu de la misma empapado en las salas de cine con su última selección.

En un principio, el silencio. El ruido de las cosas, del ambiente. La incomodidad del silencio, la penumbra. El imponente Teatro Calima lleno total en el día uno del festival, rindiendo tributo a Luis Ospina durante un simbólico minuto de silencio —que de silencio no tiene nada, porque todo es un sigilo torpe—. Aquí se empiezan a entrelazar los hilos, el del legendario director caleño con la música incidental que hizo parte de sus películas, por ejemplo. Una parte de su melomanía, que al igual que su desarrollada cinefilia, era amplia e inquieta.

En sus obras aparecen desde el minimalismo de Arvo Pärt, Masayuki Koga y Terry Riley, en largometrajes como Adiós a Cali o Nuestra Película, hasta la música sinfónica de Maurice Ravel, Ben Johnston o la música de cámara de Peter Sculthorpe. Pero también una tan original y hecha a la medida, como su trabajo en conjunto con el compositor colombiano Germán Arrieta, quien musicalizó, escena por escena, junto a Ospina, obras como La Desazón Suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo y Soplo de Vida. Según Arrieta Siempre hubo un contexto muy indicado para cada cosa. En Soplo de Vida tenía muy claro lo que quería para cada instante y tenía que ver con el cine negro. Él llegaba como una biblioteca llena de música, había una referencia clara a Bernard Hermann en cuanto a la definición de las películas. En ese momento vimos Psicosis infinidad de veces, y su trabajo con Hitchcock era un referente mucho más personal y que lo impactó mucho. En La Desazón Suprema, el concepto era ese, de desazón, con un piano solitario que además lo interpreta mejor el protagonista del documental que uno.

Los pianos dramáticos, los violines incisivos, los chellos con la profundidad de generar un vacío intenso. Es ese algo que está presente pero invisible, desapercibido frente a una acción, pero indispensable para generar en su espectador la adrenalina o la emoción, la tristeza o la angustia. La música que a él le gustaba para hacer cine es la música con la que probablemente aprendió a ver cine. Le gustaba la orquestación, grupos de cuerdas y solos de violín pensando en Bergmann Hermann y también en Ennio Morricone, cuenta Rubén Mendoza, director de cine colombiano y encargado de acompañar a Ospina en la edición de películas como La Desazón Suprema y Un Tigre de papel.

Por otro lado, las referencias más claras, las citas textuales, la música de melodía y letra. La más acorde con su legado y el de su generación, las letras de canciones que jugaban con la imagen y que empataban perfecto con los contextos. Como cuando en Pura Sangre los dos muchachitos a los que recogen en un bar y se llevan a la casa donde luego de darles «perico», les inyectan un somnífero haciéndoles creer que es heroína, y mientras caen derretidos en el sofá suena de fondo Let It Bleed de The Rolling Stones y entonces:

And there will always be a space in my parking lot When you need a little coke and sympathy Yeah we all need someone we can dream on And if you want it baby, you can dream on me.

Y después de eso la muerte.

Yo creo que él manejaba mucho el humor a través de la música, desde Oiga, Vea, si uno recuerda la secuencia de los soldados bailando, con sus botas y empieza  a sonar una canción de Daniel Santos que habla de que «Te metiste a soldado, y ahora tienes que aprender», desde esa película ya hay una utilización irónica de la música que tanto él como Mayolo lo manejaban muy bien, recuerda el escritor y amigo de Ospina, Sandro Romero Rey.

Igual sucedió en la serie de cortos Al pie, Al pelo y A la Carrera, donde para ambientar la primera entrega de esta trilogía que trataba sobre la vida de los lustrabotas de las calles de Cali usó El Limpiabotas de Miguelito Valdés; luego, para su segunda entrega sobre la vida, los sueños y la homosexualidad de los peluqueros de Cali, usó flamencos rumberos como ¿Quién te Riza el Pelo? de Los Calis y Me Gusta tu Pelo de Los Chunguitos y para cerrar la trilogía con las historias de taxistas de La Sucursal del Cielo, la ambientó con una música más incidental y dramática como Stabat Mater de Arbo Pärt, Amazing Grace de Ben Johnston o Concerto Pour la Main Gauche de Maurice Ravel.

O como cuando en el documental Andrés Caicedo: Unos pocos buenos amigos echó mano —aparte de The Rolling Stones— de Richie Ray & Bobby Cruz, The Animals, Bill Haley, Bernard Herrmann, Janis Joplin, Bob Dylan, Pete Rodríguez, Ray Barretto, Mario Gómez-Vignes, Héctor Lavoe y otros tantos que son el homenaje sonoro más preciso para el autor de ¡Que Viva la Música!, la novela que lo inmortalizó y cuyo soundtrack de ensueño es profundamente fiel en esta obra íntima pero rebelde.

Y digo rebelde porque es la sensación que queda al escuchar a gente cercana a su obra. Ospina fue parte de esa subcultura que no creía en nada más allá de su libertad sin importar las consecuencias. Desde que empezó a hacer cine hasta finales de los años 90 no debía preocuparse por pagar derechos de uso de la música de sus películas y por eso cumplió a su antojo con la música que creía que debía estar y que finalmente estuvo.

De un par de décadas para acá la historia cambió y en casos como el de su obra maestra Todo Comenzó por el Fin, intentar pagar los derechos de una canción de los Stones, salía más caro que toda la película. Sin embargo, era un tipo que se las ingeniaba, como recuerdan sus íntimos y colegas. Rubén Mendoza dice que para obtener los derechos del bolero Ya lo Verás de Leo Marini, que aparece al final de su documental sobre Fernando Vallejo, se las arregló para tocar las puertas cuando debía y logró negociarla. Igual de dedicado era a su obra que escarbando en los archivos libres de uso. Eduardo La Rata Carvajal, el fotógrafo documental detrás del Grupo de Cali, cuenta que para no pagar los derechos de una canción de los Stones, la puso al revés y Sandro Romero lo complementa diciendo que, en su última película, durante una escena en la que sus amigos aparecen bailando en patines suena originalmente Wild Horses, y es justamente esta la escena que se proyecta en reversa. Y aún así se las arregló para no infringir ninguna ley y para asegurar la circulación de su película sin problema alguno.

Al fin y al cabo, fruto de su rebeldía, su creatividad y su antojo de romper reglas o evitar la norma, es un legado audiovisual exquisito en cuanto a su curaduría musical. Tanto la propia como la citada, es una recuerdo lúcido de esas décadas de los años 60 y los 70 que habla de su realidad, sus andanzas y sus inquietudes.

Música que me conoces, música que me alientas, que me abanicas o me cobijas, el pacto está sellado. Yo soy tu difusión, la que abre las puertas e instala el paso, la que transmite por los valles la noticia de tu unión y tu anormal alegría, la mensajera de los pies ligeros, la que no descansa, la de misión terrible. (Andrés Caicedo)

Regálame un «plonsito» de eso de ahí, de esa «pola», dice errática la voz de Felipe en el andén más cercano a la entrada de Mamut, un bar en el centro de Cali, a unas cuadras del corredor cultural que es hoy el Boulevard del Río. Mientras una botella de aguardiente se consume con afán a las afueras del sitio, una garganta sedienta agarra la copa y la vacía en su boca, extiende su mano y acepta la invitación de un extraño que con el solo sonido de la clave y el retumbar de las trompetas de Cabo E, le dice que se sumerjan en esa entrada subterránea, en ese hacinamiento, en esa sudorosa comunión de cuerpos conocidos y desconocidos que se entregan al frenesí, al evangelio de Richie Ray & Bobby Cruz.

Contrario a la orquestación que disparaba heterogéneas sensaciones en su público con su obra, la música favorita de Ospina era un retrato de su generación, una identidad arraigada a ese sonido anglo que llegaba a sus manos gracias a los viajes de sus familiares al exterior como The Ray Charles Story, disco con el cuál comenta se hizo a la idea de que su alma era negra y su vida era sufrida, como el blues que le llegaba a los oídos y lo abrazaba en su melancolía. Él era completamente conocedor del rock, de los grupos, de la canción en especial, de cuándo se grabó, qué problemas hubo entre los integrantes. Luis era un libro de música, de anécdotas, de historia del rock, cuenta su amigo Carvajal, quien afirma que tras sus viajes a Estados Unidos Ospina los influenció en Cali con baúles cargados de LPs con música de Jethro Tull, Cream, Emerson, Lake & Palmer, Came o Jefferson Airplane.

Lo de Luis era el rocksito de la época y sobre todo el blues. La música negra que contaba las historias de emigrantes africanos, que tenía un espíritu profundo y con el que él se sentía identificado, música que también inspiró a The Rolling Stones y que le llegó a Ospina por un primo de Atlanta y entre todo eso, la música de Nina Simone, la de Paul Anka, Van Morrison, Bob Dylan, Lou Reed, Billy Idol, el retrato de una generación rebelde que buscaba su libertad, y que se fue convirtiendo en su banda sonora personal, conviviendo con fenómenos como el de la salsa que se fue tomando a Cali hasta convertirla en su capital mundial.

Y entonces uno, varias décadas después, sumergido en un bar subterráneo del Centro, escuchando sendas descargas de Pete Rodríguez y The Doors, de Richie Ray y The B-52’s, el sonido de una generación condensado en una noche de clausura, homenajeando a ese zombie melómano, ese vampiro tropical que fue Ospina y que sigue habitando entre nosotros.

Durante los cinco días del festival, Ospina solía aparecer cual fantasma que se manifiesta asistiendo a las salas y viendo la selección que trajo para su último festival, uno al que por pocas semanas no alcanzó a asistir.

Y a veces no era el frío del aire acondicionado en los cines, a veces quizás era él disfrutando un bolero como La Pared de Roberto Angleró, al final de Apuntes para una Película de Atracos, o el caos desesperante en la vida de Peter Grudzien, cuya banda sonora son sus propios relatos tristes en clave de country abiertamente gay en la película The Unicorn. Quizás incluso era él visitando la obra de su colega Juan-Luis Jorge y sumergiéndose en esa mezcla de vals con jazz y el delirio de Antonio Romano con su órgano fantástico en Melodrama. La salsa choke y el veneno de la música del Pacífico en Somos Calentura o la fascinante obra de Rubén Blades en Yo no me llamo Rubén Blades. Una selección variopinta y que encaja a la perfección con sus exploraciones incesantes y con sus gustos incesantes.

Suena a delirio pensar que ese frío de las salas de cine era él acompañando y despidiéndose de la última curaduría que hizo para el festival que dirigió durante once años, pero quizás en ese frío se hacía partícipe de ese otro gran legado que dejó: el Festival Internacional de Cine de Cali.

Playlist

1. Ray Charles - What'd I Say
00:00:04
2. The Animals - House of the Rising Sun
00:05:06
3. The Rolling Stones - Wild Horses
00:09:31
4. Jefferson Airplane - White Rabbit
00:15:08
5. Bob Dylan - Like a Rolling Stone
00:17:36
6. Billy Idol - Rebel Yell
00:23:30
7. Roberto Ledesma - Esta Tarde Vi Llover
00:28:13
8. Ricardo Ray - Lo Atare la Araché
00:30:32
9. Ricardo Ray - Cabo E
00:34:57
10. Ray Barreto – Acid
00:39:10
11. Leo Marini - Ya lo Verás
00:44:08
12. Arvo Pärt - Stabat Mater edit
00:47:15
13. Talking Heads - Psycho Killer
00:49:38
14. The Rolling Stones - Let It Bleed
00:54:35
15. Felipe Pirela - Sombras Nada Más
00:59:47
16. Bloque de Búsqueda - Descarga (Nosotros de Rumba)
01:02:25
17. Junior Jein – Caliwood
01:06:20

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