El próximo 1 de enero se cumplen cinco años del fallecimiento de Lhasa de Sela. Tenía 37 años y tres discos que fueron músicas que me han acompañado muchos años. Seguro que está cantando acompañada de Chavela, Vic Chessnut y otros, con los que compartió talento y emociones.

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Su vida fue una ruta que terminó demasiado pronto. Hija de padre mexicano y madre americana creció en la carretera, viviendo a bordo de un autobús escolar, atravesando América del Norte y México. Educados en casa, aprendieron de los libros, de la música y de la actividad artística de sus padres.  La infancia de Lhasa estaba llena de experiencias vividas, no narradas. Le enseñaron a seguir al corazón, a encontrar su propio camino, a ser original.

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Sus tres álbumes, La Llorona  (1997), The Living Road (2003) y Lhasa (2009), se llenaron de canciones alimentados por sueños de amores rotos y acontecimientos de la vida llenos de poesía y melancolía. Seis años entre cada uno de ellos, que merecían la espera.

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En su música se basó tanto en la ranchera mexicana, como la chanson francesa y canción árabe, con toques gospel e incluso country, lo que era sorprendentemente original en todos los sentidos. Se la comparó con Edith Piaf y Tom Waits. Minoritaria al principio, su carrera se hizo en noches de bares oscuros, y se difundió en el boca a boca como besos que se iban pasando unos a otros.

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Lhasa destila imágenes a menudo surrealistas y melodías inquietantes, como ritmos que evocan los viajes misteriosos. A menudo desconcertante, sus canciones expresan esos lugares donde la imaginación se encuentra con la realidad, lugares cercanos entre el miedo y la oscuridad. Son canciones de encantamiento.

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La vida, dijo Lhasa, es «un camino de constante cambio y, al estar en ella, tú cambias también.» Comenzó con un grupo de seguidores en Canadá y Francia, recorrió el Reino Unido con una invitación del grupo pop Tindersticks para trabajar con ellos. Su fama creció y sus canciones aparecieron en la serie de televisión Los Soprano, en un documental de Madonna y en la película Cold Souls.

 

Su tercer y último disco, arreglado y producido por ella apresuradamente, con cinco músicos, grabando «como si fuera en directo» en lugar de cinta analógica digital, consiguió una calidez que estremece. En la canción Rising alude a «alguien que está en peligro, pero se advierte cierta serenidad con rabia”.

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Fui capturada en una tormenta / Y arrastrada / Me volví, volví / Fui capturada en una tormenta / Eso es lo que me pasó / Por eso no llamé / Y no me viste durante un rato / Estaba sublevándome / Golpeando el suelo /y rompiendo y rompiendo.

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En el catártico disco, expresó su rabia y su valentía. Porque Lhasa hablaba desde el lugar de la aventura del vivir, de los retos imposibles, del amor que todo lo desborda y del dolor de la pérdida. Vivió poco, pero lo suficiente para conocer lo importante y cantarlo.

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Para ella no hubo año nuevo. Es otra de mis mujeres de santoral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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